Cuando viste mi Luz, más brillante que mil soles y que de algún modo no hería tus ojos, supiste de inmediato lo que sucedía, y tuviste miedo. No era como si esperaras otra cosa, en realidad. Eras una cristiana devota, así que ya sabías que estaría aquí al acabar tu camino. Pero no querías morir. Es algo muy humano. Los diseñé para ser así, y es una de las muchas contradicciones deliberadas en mi Creación. Ese proyecto exitosamente fallido que desde el principio no quería que fuera perfecto.
"Hola", te dije sin sonidos, en el tono más cariñoso que pude lograr. "Bienvenida a casa, hija amada".
"Que... ¿qué pasó? Estaba caminando por la calle, y de repente..."
"Moriste", expliqué. "Sé que no te agrada saberlo, pero no te preocupes: ese bulto en tu pecho izquierdo te habría hecho desearlo, confía en mí".
"Tú... ¿eres Dios?", preguntaste, por fin.
"¿Quién más podría ser?", respondí. "No hay muchas luces infinitas de este lado. De hecho, soy la única en toda la existencia".
"Oh... mi esposo... mis hijos. ¿Qué pasará con ellos?"
"Oh, estarán bien. Te recordarán como una madre cariñosa que siempre luchó por hacerlos felices. La parte mala de todo esto... es que probablemente sean los únicos".
"¿Qué quieres decir?", estuviste a punto de decir antes de detenerte a mitad de frase. Sabías bien de lo que estaba hablando. Y cuando te mostré, en un solo instante, todas las acciones de tu vida y sus efectos sobre los demás, pasaste de la confusión y la preocupación al pánico y el remordimiento más absoluto.
Si hubieras tenido cuerdas vocales, habrías gritado de puro horror. No por temor al castigo - que algo dentro de ti te decía que no era un verdadero peligro - sino por haber comprendido, finalmente y de la manera más perfecta, la magnitud de tu error.
Tu nombre era Clara, y habías nacido en algún país del sur de África en los 90, en una familia blanca, con un ingreso moderado pero razonable y, sobre todo, profundamente religiosa. Creciste entre biblias y escuelas dominicales, en que se te enseñó todo lo que debías saber sobre el credo de tu familia, hasta convertirte en una joven hermosa y, por si Yo no te hubiera favorecido lo suficiente con eso, dotada de una inteligencia asombrosa, capaz de aprehender los más oscuros rincones de la sabiduría humana.
Y sin embargo, esa tampoco era tu principal bendición. Lo era tu ambición, tu deseo de transformar el mundo a mi imagen. Me amabas. Siempre lo supe, y lo valoré. No eras una mala persona, aunque fueras orgullosa y un tanto despectiva hacia quienes considerabas que iban contra mis designios. De hecho, podrías haber sido una gran santa si hubieses sido un poco menos testaruda. Porque lo eras. Tanto, que fuiste incapaz de ver mi Amor en acción cuando lo tuviste frente a tus ojos.
Tenías veintisiete años cuando conociste a Isabel. Ella era casi tu perfecta antítesis. Negra, gorda y poco agraciada, no demasiado inteligente y, por si fuera poco, también de una espiritualidad que ofendía tus sensibilidades. Era una monja católica que, para colmo, ni siquiera escuchaba del todo al Papa en varias cuestiones. No era una "hereje" en sentido formal, pero casi: lo único que la salvaba era su grosera ignorancia de su propio credo.
Desde el principio no se llevaron bien. Tú eras la joven referente de los cristianos conservadores en tu ciudad, mientras que ella, unos pocos años mayor que tú y con un voto de obediencia cuyo alcance apenas entendía, hacía apología pública de todo lo que te repugnaba. No entraré en detalles al respecto. Ambos sabemos de lo que hablo.
El caso es que, la primera vez que se enfrentaron, acabaron en malos términos. Tú estabas dando un discurso con toda la pompa y elegancia de la que tu privilegiado cerebro era capaz, cuando ella llegó junto a un abigarrado grupo de manifestantes que sólo se unían por el repudio a tu candidatura. No estabas de humor ese día. Habías discutido con tu esposo, y lo último que querías era enfrentarte con esta clase de "idiotas", como los veías. Así que, cuando ella tomó el micrófono y te reclamó por tu supuesto "odio" a los que no vivían su sexualidad conforme a las normas levíticas, te indignaste, y haciendo uso de toda tu ironía y saber, le demostraste, utilizando la misma Biblia que ella llevaba en las manos, que las personas a las que ella defendía estaban actuando contra las normas que, creías, yo plasmé en ella.
En realidad, tú no odiabas a esa gente. Eras sarcástica y dura en tus palabras, pero detrás de esa autosuficiencia que siempre te caracterizó, sabías de la violencia que habían sufrido, y condenabas cada uno de esos abusos con toda la empatía de la que eras capaz. En otro contexto, si ambas hubieran conversado, tal vez se habrían entendido mejor. Pero en ese momento comenzó una rivalidad que iba a marcar sus vidas hasta su mismo final.
Al llegar a casa esa tarde, sabiendo ya por el feed de tu red social favorita lo viral que se había hecho la escena, no tuviste mejor idea que buscar el nombre de la monja en ella. Sabías de su existencia con anterioridad. Era una figura polémica entre los de su propio credo, y no tardaste en comprobar el por qué. Sus redes estaban dedicadas al politiquerío más "progre" que podías imaginar, cosa que te irritaba profundamente, aunque eso se transmutara en un desdén casi malicioso. No era que tuvieras algo en su contra. Simplemente te indignaba que se usara mi Nombre para defender la antítesis de lo que yo supuestamente había mandado. Y cuando la viste quejarse de tu "intolerancia" en su muro, no tuviste mejor idea que responder al fuego con fuego. Así comenzó su rivalidad.
Con los años, llegaste a ocupar un cargo público. Habías estudiado medicina y te habías graduado con honores, así que desde luego el nuevo gobernador, tu compañero de militancia desde tu más temprana juventud, no dudó en darte el Ministerio de Salud. Cosa que, por supuesto, tu "enemiga íntima" repudió, pero, ¿Qué importaba la opinión de una monja heterodoxa? ¿Acaso no tenía ella problemas con su propio obispo por sus deslices doctrinales? Era mejor ignorarla, y dejar que los suyos se hicieran cargo.
Al principio, todo fue genial. Promoviste campañas de vacunación de un gran éxito, y hallaste la manera de, incluso con los recortes al presupuesto que tanto había promovido tu partido, construir un programa de alimentos por el que incluso tus rivales te elogiaron. Eras una gran ministra, en realidad. Y aunque nadie te recuerde así, también una mujer de bien... a tu manera.
Los problemas empezaron cuando los organismos internacionales dieron la alarma por un nuevo virus, transmisible por contacto con fluidos corporales, que se estaba volviendo una auténtica epidemia en el país con el que tu provincia limitaba. Era un auténtico horror. Los enfermos se llenaban de tumores extremadamente dolorosos en la piel, tanto por dentro como por fuera, sólo para morir en agonía en los siguientes días.
Te sentías abrumada. No sólo porque sabías que de tus decisiones dependían las vidas de miles de personas, sino por el creciente conflicto de interés en que te encontrabas. Ambos sabemos de lo que se trataba. Tu partido era fruto de una alianza de varias confesiones, y entre ellas había algunas que rechazaban firmemente la anticoncepción en cualquiera de sus formas.
Estabas en una auténtica encrucijada. Tú misma sabías de la historia de Onán, y siempre se te había enseñado que la sexualidad era para hacer bebés, y que cualquier alternativa me repugnaba profundamente. Muchos en tu entorno asumían que esto era un asunto de responsabilidad individual, que las personas deberían saber contenerse, y que no era tu culpa lo que pudiera pasarles si no eran lo bastante diligentes. Pero tú sabías que las cosas eran más complejas. Que las mujeres más pobres a veces eran violentadas por sus maridos para tener relaciones, y que ellos no siempre eran fieles. Que los adolescentes muchas veces ni siquiera eran capaces de medir el peligro, siendo que eran casi niños. Que una madre podía legar a su bebé el virus, y que de hecho los primeros decesos por esta causa ya estaban sucediendo.
Te sentías atrapada. Ni siquiera consideraste la posibilidad de explicarle la situación a los tuyos. Sabías que no iba a funcionar, y en el fondo, te asustaba acabar en el Infierno por violar la "ley divina". "No puedo ir contra el plan de Dios", te decías, en un desesperado intento por justificarte. "A veces, Él decide castigar a un pueblo por su propio bien. Seguro muchos aprenderán la lección después de este desastre. Además, si promuevo estas cosas, podría acabar causando la condenación de muchos. Sí, estoy haciendo lo que debo".
Aún así, hiciste todo lo que considerabas que te era posible para limitar la crisis. Promoviste campañas de concientización en que casi se le rogaba a los jóvenes que se guardaran para el matrimonio, advirtiéndoles de los riesgos que corrían. Pero, para sorpresa de pocos, no fue suficiente.
Perdiste tu popularidad en cuestión de meses, mientras tus compañeros te sostenían porque sabían que, si tú caías, ellos mismos perderían credibilidad. Y mientras sentías que tu vida se desmoronaba, con tu propio marido reclamándote por la misma fidelidad con que lo habías amado, llegó esta vieja enemiga tuya a un programa de radio, a acusarte de estar matando a decenas de personas por aferrarse a la muerta y rígida letra de la ley. "Es una asesina", decía, "y no puedo entender cómo alguien podría actuar con semejante crueldad".
Te dolió. Muchísimo. Y en tu ira, nacida de la humillación pública, decidiste que tenías que poner fin a esto de alguna manera. Mentir era un pecado, sí, pero en este caso, era un crimen sin víctima: no estabas siendo "pieza de tropiezo" para otros. La única que respondería ante Dios por él eras tú. Y pensabas que, de algún modo, yo te entendería.
Anunciaste públicamente que tu campaña estaba teniendo éxito. No dibujaste del todo las cifras. Sólo dijiste verdades a medias, movida por una cierta culpabilidad que no querías reconocer ni ante ti misma. Pero los resultados de esta mentira fueron tan favorables como los de tus campañas sanitarias. Nadie te creyó. Tus enemigos te ridiculizaron y desmintieron con las mismas fuentes que, a medias, citaste. Y lo peor estaba por venir.
Este nuevo escándalo era la excusa que tus colegas necesitaban para quitarte de en medio. Ya no eras una devota aliada digna de respeto. Eras una mentirosa que ni siquiera ellos podían defender. Y te descartaron con una facilidad que hizo que tu orgullo terminara de desmoronarse.
Cuando empezó a tener problemas con su trabajo por serlo, tu esposo también te abandonó. Te amaba, pero no podía dejar de pagar la escuela de sus hijos. El contacto con la élite local era su única oportunidad de elevar su estatus social algún día.
Me recriminaste con rabia el haberte abandonado, y más todavía cuando, en una última ironía trágica, el gobernador al que habías ayudado a llegar al poder puso en tu cargo a un popular médico rural que, sabías, era cercano a la negra célibe que te había costado todo.
Si no me hubieras temido, te habrías quitado la vida. Pero en lugar de eso, decidiste retirarte a tu habitación, viviendo de tus ahorros, en lo que una profunda depresión te consumía. Habías dedicado tu vida a esto... y para qué. Sólo para que te echaran como a un perro, y que tus enemigos celebraran.
Por eso, hija mía, no te culpo por tu reacción cuando supiste que a Isabel se le había detectado un tumor cerebral, y que moriría en cuestión de semanas. Sé lo que estabas pasando cuando te alegraste para tus adentros, sólo para sentirte inmensamente culpable al segundo siguiente. No eras una mala mujer, pero eras humana, y actuabas como tal.
Isabel falleció más pronto de lo esperado, en medio de convulsiones y empapada en su propio vómito. El día de su muerte, aún en tu resentimiento, pediste por su alma, más por compromiso conmigo que por convicción propia. Y esa misma tarde, decidiste salir a caminar. Hacía mucho que eras una ermitaña encerrada en su cuarto, y decidiste que un paseo tras un buen baño caliente te sentaría bien. El resto de la historia ya te la sabes. Tus audífonos te impidieron escuchar los movimientos del auto del borracho al volante que venía tras de ti. Todo terminó en un instante. Y entonces, la Luz.
En cuanto tu revisión vital terminó, estabas llorando casi como un bebé en el Vacío primigenio. "Me equivoqué", te decías, horrorizada y deseando morir de nuevo. "Yo no quería. Fui tan tonta. Pero ya es tarde para mí".
"Lo es, en efecto", respondí. "Lo hecho, hecho está".
"Voy a ir al Infierno, ¿verdad?", me preguntaste. No tenías miedo. En el paroxismo de tu arrepentimiento, creías que te lo merecías.
"Por mí, Clara", me quejé, con dulzura más que con reproche. "¿No lo has entendido todavía? Esto nunca se trató de castigos y recompensas. No te estoy condenando. Te cuidé desde que eras un cigoto. Te formé en el vientre de tu madre, fui testigo de cómo jugabas con tus nuevas manitas siendo un feto, te protegí desde que eras una bebé asustada por la oscuridad hasta el último segundo de tu vida, ¿y todavía me preguntas si voy a quemar tu piel por los siglos de los siglos? Tu madre nunca podrá valorar tu bienestar tanto como yo. Y mientras tú elijas quedarte a mi lado, siempre serás bienvenida. Porque te amo. Y nada de lo que hagas podrá cambiar eso jamás".
"¿Y por qué permitiste que hiciera esto, entonces?", replicaste. No me estabas desafiando. Estabas desconcertada.
"Para que madures", respondí. "Sé que duele, y que no lo entiendes todavía. Para serte honesto, aunque te lo explicara no lograrías captarlo, pero créeme: eres más grande, hermosa y maravillosa de lo que jamás podrías haber imaginado. Y algún día, tras millones de veces el tiempo que va a existir el mundo que acabas de dejar, podrás verlo del todo". "Además", agregué, sonriendo a mi manera, "soy un gran amante de la ironía".
Entonces, de un instante a otro, lo supiste: no fuiste tú la única que fue capaz de vencer su animadversión. Allí, en las profundidades de las Moradas de la Purificación en que deberías quedarte por un tiempo, te esperaba otra alma en pena que, en sus últimos días, decidió implorar que aquellos a quienes había enfrentado tuvieran la oportunidad de redimirse de sus faltas. Ella era un desastre. En más aspectos de los que eran públicos. Pero su intención, en el fondo, siempre había sido pura. Más incluso que la tuya.
"¿Se quedará conmigo hasta el final?", quisiste saber, antes de ir con ella.
"No. Ella saldrá antes. Pero te visitará a menudo".
"¿Por qué?", me interrogaste, casi en un reproche. "Desobedeció lo que ella misma creía que era tu ley, al igual que yo".
"Porque, aunque tú me diste lo que te pedí, ella me dio lo que quería. Yo soy eterno y perfecto. No conozco el pecado ni el dolor, y no podría desearlos jamás. Pero sí deseaba el amor ferviente de quien decide romper las reglas, arriesgando su propio bienestar y prestigio, para aliviar el dolor de sus semejantes. Y ella lo hizo. Falló en demasiadas cosas, como todos y cada uno de ustedes. Sólo un judío ejecutado por Roma cumplió perfectamente mis exigencias, y sólo él tendría algún remoto derecho a mi Misericordia. Pero no pongo mi vara tan alta. Me contento con que me sirvan en sus semejantes con sinceridad, incluso si, en su fragilidad, lo hacen al precio de romper las reglas. Pero basta de charla. Tu hermana te está esperando".
Y con esas palabras, te despedí, sabiendo que no nos veríamos de nuevo hasta que el último de tus nietos falleciera. Dolería, sí. Pero también tendría su dulzura. La que nace de comprender que, en la perspectiva de lo eterno, cada miseria humana, si se la enfrenta con el afán de luchar contra ella, es la diminuta semilla de un árbol que adornará mi jardín por los siglos de los siglos.

