sábado, 21 de marzo de 2026

¿Fueron 30.000? Respuesta a Delfina Wagner.

 El día 24 de Marzo del 2021, Delfina Wagner, dueña del canal homónimo y conocida por su activismo en redes contra el progresismo y a favor de las ideas conservadoras sostenidas principalmente por el partido argentino NOS (del que llevo bastante tiempo distanciado por razones que quedarán claras al haber finalizado este video), decidió publicar un material en que pretendía refutar el número "oficial" de desaparecidos que tantísimas veces hemos escuchado los argentinos: el de los 30.000.

Empiezo por advertir de algo: yo no creo que hayan sido treinta mil desaparecidos exactamente, pero la verdad sea dicha, la cifra difundida a este respecto por personajes como Nicolás Márquez o Agustín Laje es al menos tan errónea como la de los medios oficiales, y es por eso que me molesto en producir este material. Como bien dice Delfina, es malvado lucrar a base de la memoria de gente muerta, y la verdad es que ya me da demasiada grima la falaz argumentación de los negacionistas de los crímenes de este régimen.

Pero antes de iniciar esta exposición, me gustaría ir un paso más atrás, hablando un poco sobre algunos de los personajes que nuestra amiga cita en su video. Márquez y Laje son personajes que no necesitan presentación. Son quizá los mayores exponentes de la nueva derecha hispanoamericana, y han dado giras de conferencias por todo el continente y más allá. Sin embargo, no voy a simular que soy neutral: esa fama es del todo inmerecida y pone en peligro a toda la reacción conservadora del continente en el largo plazo.

Estos dos individuos son, en el mejor de los casos, irresponsables que se han hartado de difundir información errónea sobre diversos temas, lo cual los vuelve eventualmente un peligro para la credibilidad de la derecha en el territorio del difunto Imperio Español. Ejemplos hay muchos. Desde una cita sacada de un diario de broma en su famosísimo Libro Negro de la Nueva Izquierda hasta casos en los que sus propias fuentes los desmentían, que trato en detalle a partir de la página 123 de un ensayo apologético-político que recientemente terminé, y cuyo enlace dejaré en la descripción. Les aseguro que si por vivir debajo de una piedra no se han enterado de esto, que no es ya secreto, van a quedar sorprendidos.

En cuanto a Labraña, nos encontramos con más de lo mismo. Según él, fue el responsable de inventar la cifra de 30.000 desaparecidos en el año 1979[10]. Sin embargo, en ese momento (1979-1981) y según la información que me consta, la prensa no especulaba con la cantidad que el dijo: se hablaba de 15.000 o 20.000, pero nunca 30.000 [11] [12] [13] [14].

El número de 30.000 desaparecidos "nació" en realidad en 1976, como una estimación sobre los muertos que podían haber en el futuro golpe de Estado. La carta que Haroldo Conti le escribió a su amigo en Cuba, fechada en Enero de 1976 (dos meses antes del golpe), nos dice esto:

"Me acaba de informar muy confidencialmente mi cuñado, que es militar, que se espera un golpe sangriento para marzo. Inclusive los servicios de inteligencia calculan una cuota de 30 mil muertos. Esto coincide con las apreciaciones de nuestros compañeros que evalúan la situación constantemente."

Pero hay más: Amnistía Internacional en su informe de Noviembre de 1976 sobre la Junta Militar, dice lo siguiente en el capítulo sobre el número de desaparecidos:

"Amnistía lnternacional ha recibido -de parte de sacerdotes, periodistas, abogados y grupos políticos- cifras distintas y aproximadas sobre la cantidad de personas que han desaparecido -o sido secuestradas- en la Argentina, durante los últimos 2 años y medio [1974-1976]. Los cálculos van de 3.000 a 30.000 personas, pero la cantidad que se cita con mayor frecuencia se aproxima a 15.000[15]."

Parto desde estos datos para dejar en claro que las fuentes empleadas por Wagner distan mucho de ser fiables, y que por ello es prudente al menos poner en duda la validez de lo que afirma. Sin embargo, alguien podría argumentar que es injusto de mi parte desconocer la validez de sus argumentos en cuanto a las cifras otorgadas por el mismo Estado argentino, y tendría razón. Por lo que me tomaré la molestia de explicar cómo es posible que sólo tengamos registros de tan pocos desaparecidos. 

Para esto, me remitiré al primer informe que trató estos temas, el de la CONADEP, la institución encargada de elaborar el famoso Nunca Más, corriendo los años 80. Personajes como Laje y Márquez nos dicen algo que es verdad: el conteo registra 8961 casos de desaparecidos, pero omiten ciertos datos que pueden ser esclarecedores. Por ejemplo, el hecho de que la misma CONADEP, en la advertencia del capítulo II, expresa claramente las limitaciones de sus mediciones.

La cifra de 8.961 desaparecidos se confeccionó en base a las denuncias recibidas por la Comisión, y se compatibilizó con las recibidas por organismos diversos.

Sin embargo, el documento advierte que muchas desapariciones no fueron denunciadas, por no tener familia las víctimas, por preferir sus familiares mantener reservas, o por vivir estos muy lejos de centros urbanos: muchos de ellos expresaron que ignoraban a dónde dirigirse.

Sobre las personas vistas en centros clandestinos, se nos dice que sólo se insertan nombres y apellidos de 1.300 de ellas, existiendo, y cito, millares de desaparecidos que pasaron por esos centros y de los cuales los liberados sólo conocieron apodos, o proporcionan someras descripciones fisicas, provincia de origen, oficio, filiación política u otra característica aislada, de los que se incluyen 800 casos[1].

Seguramente, alguien podrá muy razonablemente pensar que los casos de personas que no denunciaron la desaparición de sus familiares han de ser minoritarios. Después de todo, casi nadie estaría dispuesto a dejar pasar el tiempo para que se haga justicia...¿Verdad?

Pues bien: según el diario Clarín, en un artículo del seis de Marzo del 2003, para ese año el conteo de desapariciones era de 13.000, conformadas a partir de los datos de CONADEP y las denuncias recibidas en las últimas dos décadas. No se aclara si estas denuncias eran de familiares o de organismos internacionales.

No voy a citar como fuente válida las mediciones de Asociación de Madres de Plaza de Mayo, que nos hablan de 800 denuncias contra 2500 desaparecidos reales en La Plata, para evitar que alguien desestime el video completo. No es tampoco necesario, pero conocer este dato nos permite entender como, probablemente, aún quedan miles de personas que no han denunciado la desaparición de sus familiares[2].

También nos habla Nunca Más sobre errores en sus listas, advirtiendo la posibilidad de que figuraran en estas personas que no hubieran avisado a organismos internacionales del cese de su desaparición.

Esto explicaría el caso de los "desaparecidos reaparecidos", que menciona Delfina. Y es que es sentido común: nadie inflaría una lista falsa a punta de personas vivas[3].

Pero ¿Qué hay del subsidio estatal a familiares de desaparecidos? Pues bien, resulta que en realidad no hay un sólo subsidio, sino tres: uno de ellos se instauró en 2004 y abarcaba sólo a hijos de desaparecidos. No es raro, creo yo, que muchos guerrilleros no tuvieran hijos. El segundo es recién de 2006, esto es, treinta años después de los hechos. No me van a decir que en ese tiempo no podrían haber fallecido muchos de los familiares directos. O que directamente la gente "superara" (entre infinitas comillas) esa memoria de su pasado. Por poner un ejemplo, un artículo de Diario El País nos menciona como, en 2001, apenas un tercio de los jóvenes siquiera sabían que había habido un golpe de Estado.

Todo esto por no mencionar que, ya en plena presidencia de Alfonsín, se descubrió un centro ilegal de detenciones operativo. Es obvio que debería haber un miedo generalizado.

Ya dije que, de todos modos, yo no creo en la cifra de los treinta mil desaparecidos. Pero ¿Cuántos fueron en realidad? Spoiler: muchos, muchos más de los que afirma Delfina.


La imagen que pueden ver en pantalla está tomada de los documentos del Caso Arancibia. Enrique Arancibia Clavel fue un espía chileno que, en el contexto del infame Plan Cóndor, tuvo importantes contactos con el ejército argentino, hasta incluso poder ingresar al Club Atlético, un centro clandestino en que torturó a dos prisioneras chilenas en el marco de la coordinación entre ambos países.
No obstante, Clavel espiaba a los argentinos para luego enviar la información a la Dirección de Inteligencia Nacional de Chile, la policía secreta del régimen de Augusto Pinochet. Fue descubierto, arrestado, y los documentos enviados a la DINA quedaron incautados por la policía, saliendo a la luz años después, revelando que desde 1975 hasta mediados de 1978, hubieron a nivel nacional 22.000 personas exterminadas, entre muertos y desaparecidos[4].

Más evidencia del número en escala nacional, procede del general de brigada Ricardo Flouret, quien comentó en una conversación de embajada estadounidense a inicios del 79, que hubieron 20.000 vidas que se tomaron en la batalla, la guerra contra la subversión, para salvar al país[5].
En su momento, el primer secretario de la Nunciatura, Kevin Mullen, llegó a declarar en una reunión informal de la Embajada local que un oficial superior del ejército le había notificado que las fuerzas armadas se habían visto obligadas a encargarse de 15.000 personas en su guerra contra la subversión[6].
A disposición tenemos también los números de 25.000 y 15.000 subversivos que son nombrados por el Documento Final de la Junta Militar de 1983[7].
No está de más aclarar, en este punto, que el registro estatal no anula las cifras más elevadas estimadas por los historiadores en base al material documental y testimonial.
Un ejemplo de esto se observa en la masacre nazi en la ciudad ucraniana de Kiev, en que los documentos del invasor registraron más de 33.000 ejecuciones entre el 29 y el 30 de Septiembre del 41, pero en que las fundaciones del Holocausto únicamente identificaron por nombre a la mitad, 17.000 personas.
¿Anula esto el valor de los documentos administrativos nazis? En lo más mínimo, puesto que hay infinidad de razones por las que a día de hoy no se ha logrado obtener todos los nombres de los masacrados.
Ante la suma de datos presentados, quizá la única excusa que le quedará a los apologistas de la dictadura es afirmar que todo esto no fue una atrocidad, sino algo necesario, para evitar que la peste roja se apoderara del país. A ellos, les tengo también un par de datos interesantes, extraídos del sitio web Desaparecidos.org.
 La aparición de la guerrilla rural en el monte tucumano fue motivo de alarma nacional. En 1974, el jefe del Ejército Revolucionario del Pueblo, el infame Mario Roberto Santucho, se ocupó personalmente de entrenar a quienes formarían parte de la así llamada Compañía de Monte "Ramón Rosa Jiménez", al mando de Hugo Irurzun. El grupo estaba integrado por cuarenta hombres y, según documentos internos de la organización, el ERP jamás llegó a tener en el monte a más de noventa efectivos.
En 1975, el Ejército argentino inició el famoso Operativo Independencia, al que se destinaron 5.000 hombres. Cinco mil efectivos en total, para menos de cien enemigos. En todo Tucumán, nunca se superaron los 117 combatientes armados.
Una vez que los refuerzos regresaron a su destino original, en el monte tucumano quedó una dotación guerrillera de 50 efectivos, que comenzó a reducirse a fines de 1975 debido al accionar represivo de las fuerzas militares. Los efectivos tardaron un año en terminar con el foco guerrillero en Tucumán, exterminando además a unas 2.000 personas en esa provincia por supuestos vínculos con los insurgentes.
El segundo de estos datos, tiene que ver con el hecho de que en Marzo del 76, el ERP y Montoneros tenían su estructura militar reducida a la mitad de la que habían logrado consolidar un año atrás, habiéndose retirado de los barrios y fábricas, e interrumpido su comunicación con las bases. Incluso se vieron obligados a castigar con la pena de muerte la deserción, se sobreentiende por qué razón.
En el territorio argentino no habían más de 600 guerrilleros armados, el resto pertenecían a las ramas política, logística, y otras igualmente ajenas a las operaciones de combate.
Ya en Enero del 76, Videla mismo elaboró un informe respecto a las organizaciones insurgentes en general, en que destacó su situación de impotencia absoluta, habiéndose demostrado repetidas veces la incapacidad de los grupos subversivos para trascender el plano militar[9].

Y bueno, hasta aquí llega este infinito video. Realmente espero que Delfina se moleste en verlo y, de ser posible, elaborar una respuesta. En verdad, nada me haría más ilusión, porque eso demuestra que nuestra amiga tiene cierto compromiso con la verdad y la justicia, que se hará aún más patente si acaso tiene la dignísima voluntad de dejarse corregir.

Delfina, si estás leyendo esto quiero que sepas que no tengo absolutamente nada en tu contra. Muy por el contrario, me has resultado una persona inteligente con cierta decencia, que espero no termine por ser corrompida a merced de las conexiones políticas que estás elaborando. Si estás dispuesta a conversar o a debatir cara a cara, voy a estar encantado, y mis mensaje directos de Twitter siempre están abiertos. Todas las fuentes de lo dicho se encontrarán en la descripción.

Soy DDDei Verbum, que Dios los bendiga a todos, y hasta la próxima.

domingo, 12 de octubre de 2025

Milei y el 12 de Octubre

 Con motivo de la atrocidad histórica, política, cultural y ética que el día de ayer el gobierno de Javier Milei posteó en las redes de la Casa Rosada, con ocasión de la rememoración del (para los europeos) descubrimiento de América el 12 de Octubre de 1492, la compañera Luisa me persuadió de que escribiera esta - espero - breve reflexión. 

Asumo que la mayoría sabe bien de qué estoy hablando. Pero para el que haya recibido del destino la bendición de no ver esa barbaridad, abro mi ponencia resumiendo los hechos. El día de ayer, quien sea que se esté encargando de la cuenta de Twitter de nuestra herida casa de gobierno nacional, decidió publicar un video con "comentarios" muy favorables acerca de Cristóbal Colón y la empresa que lo llevó al primer contacto entre las civilizaciones americanas y los imperios de la Europa del siglo XVI. 

Esto, por supuesto, no tiene nada de escandaloso. Algunos podrían quejarse - y no sin buenos argumentos - de que se reivindique a un señor que fue apartado de su cargo por nada menos que Isabel la Católica por el trato que daba a los pueblos originarios. Pero Colón sigue siendo una figura histórica de enorme importancia, y no podemos pretender que no existió, o que no hizo algo valioso para la humanidad, aunque sólo fuera en su afán por hacerse rico. 

El problema es el cómo decidieron hacerlo. En el video en cuestión, se habla sobre cómo la conquista de América inauguró una "era de civilización y progreso" en el continente. Se trata a los pueblos originarios(o al menos, a algunos de ellos) de "bárbaros" y "salvajes", y se celebra el triunfo contra sus modos de vida. 

Si algún lector, que no sabía todo esto, no me cree, no lo culpo. La situación parece sacada de un capítulo de South Park o de Padre de Familia. Uno se siente tentado a pensar que se trata de una broma de mal gusto pagada con nuestros impuestos. Eso, puede argumentarse, sería menos terrible que el que realmente piensen así, y se lo digan con tanta liberalidad al país y al mundo. 

Pero lamento informar que, probablemente, esta gente cree en cada palabra que aparece en este video. Y lo sé por una muy sencilla razón: nací en la década de los 2000, y era un adolescente con redes sociales en el momento en que esta clase de ideas y figuras comenzaron a ganar importancia. 

No voy a aburrirlos con una autobiografía intelectual, pero en resumen, sí: mucha gente cree lo mismo, y son cada vez más. Y he aquí el giro argumental de este artículo: tengo mucho en común intelectualmente hablando con esa gente. El problema es la manera de enfocarlo, que me hace pensar que estos individuos han entendido la doctrina que originó el famoso "Día de la Raza" de una forma patéticamente simplista, y la han distorsionado hasta lo grotesco. 

Esta doctrina es llamada "hispanismo". Su eje central es la idea de que, con el descubrimiento de América, se produjo un proceso de fusión cultural entre las culturas del mundo precolombino y los pueblos de la Península Ibérica que llevó al surgimiento de una nueva cultura. Ramiro de Maeztu, una de las principales figuras de esta doctrina, llamaba a esta cultura "hispanidad". Y lo que es más interesante, la definía como una "raza". 

Pero he aquí el malentendido más habitual: la "raza" hispánica no es una categoría biológica. No tiene nada que ver con que uno sea marrón, negro o blanco. Se refiere a una comunidad espiritual, con un lenguaje propio, una cierta manera de entender la vida y una tradición común, que une lo originario con lo ibérico, y que provee así de un destino común. 

Uno puede estar de acuerdo con esta idea o no. Pero es importante tenerla en mente a la hora de comprender por qué, a lo largo de décadas, se nombró al 12 de Octubre como "día de la raza". No es el día de la raza blanca, de la originaria o de la negra. Es el día de la raza "hispanoamericana", que es todas las anteriores, y si uno es de mente abierta, también árabe, asiática, eslava o germánica.

Porque este es el centro de mi exposición, y lo que quisiera que el oyente se lleve a casa el día de hoy: no es propio ni de la argentinidad, ni de la latinoamericanidad, el ver a los demás habitantes de nuestro territorio como un "otro" cuya cultura no vale para nada. 

Sir Roger Scruton, filósofo conservador inglés, hacía una crítica constructiva al multiculturalismo que hoy puede, irónicamente, aplicarse a los que, en nombre del conservadurismo, se llenan la boca hablando de "libertad" y "valores occidentales": que tiende a fragmentar a la sociedad. 

Lo que Scruton descubrió observando las civilizaciones más prósperas del pasado, desde China hasta la India y, por supuesto, el Imperio Romano, es que su grandeza se debió, en buena medida, a ser capaces de integrar las diferencias. Bajo Augusto, un judío era tan judío que su provincia se llamaba "Judea", y un griego seguía hablando su propio idioma y guiándose por su propia tradición filosófica. Nadie perdía su identidad, pero al mismo tiempo se intentaba que todos los pueblos que conformaban el Imperio estuvieran unidos orgánicamente a él. 

Esto era - y es - fundamental porque un Estado que no posee una identidad común para unir a todos los pueblos que lo habitan va camino a la autodestrucción. Los humanos necesitamos formar parte de algo más grande, y si nuestra sociedad no nos da un marco institucional saludable para ello, una patria por la que luchar y a la que amar, se buscará satisfacer esa necesidad por medio de grupos tribales, llámense razas, partidos, ideologías o religiones. 

Sin embargo, esto de ninguna manera puede justificar el aniquilar las identidades de los demás habitantes de un territorio. Un nativo americano de etnia wichí debe ser argentino en primer lugar, y estar dispuesto a morir por la Argentina, pero sigue siendo un wichí, con el derecho y el deber de cultivar y desarrollar la tradición cultural y espiritual de su pueblo. Lo mismo puede decirse de un judío o un descendiente de alemanes, rusos, italianos o polacos. Todos tienen algo único que aportar al acervo común de la argentinidad, siendo ellos mismos, sin renunciar a aquello que los hace únicos, pero sin olvidar tampoco su papel en la historia que nos une. 

Y este es el punto en que debemos volver a la aberración que muchos tuvimos la desgracia de ver en las redes sociales de las instituciones que nos representan a todos: lo único que consigue es debilitar todavía más la frágil unidad nacional que nos queda. No sólo porque muchísima gente se enojó con esto y con la más absoluta razón, viéndose alimentada, de este modo, la polarización que cada día nos acerca más a acabar matándonos entre hermanos. Sino, sobre todo, porque ningunear y denigrar a los miembros de naciones que, gústeles a ellos o no, pusieron una buena porción de los genes de la actual población argentina, impide articularnos y desarrollar una identidad común. Y como dice el Martín Fierro, "los hermanos sean unidos, pues esa es la ley primera; porque si no, los devoran los de afuera".

Es imprescindible que, como peronistas, luchemos por revitalizar esa vieja tradición argentina de saber ver en el recién llegado, pero también en el que ha estado siempre acá, no un invasor de nuestro cuerpo social, sino como un nuevo hermano al que dar la bienvenida. 

Lo que ayer hizo nuestro gobierno no es simplemente una estupidez. Es un acto contranatura, un atentado directo contra el modo de ser de nuestro pueblo, que aspira a transformarlo en una patética imitación de lo peor de las culturas anglosajonas, que con lo bien dotadas que están en tantos aspectos, no dejan de hallar en este un defecto que hasta hoy no han logrado dejar atrás.

No lo permitamos. El argentino no es racista ni se arrodilla ante el colonizador. Y mucho menos el salteño, que una vez ocupó un buque a caballo. 

Muchas gracias.

viernes, 11 de julio de 2025

¿Es posible aplicar el distributismo en la República Argentina?

 Hace algunos años, escribí un artículo en este mismo blog destinado a exponer mi posición económica y sus posibles aplicaciones a la República Argentina. Y recientemente, un amigo me invitó a reelaborar el contenido de ese escrito, con el propósito de que sirviera como base para diseñar un programa de gobierno para la provincia de Salta, en que resido. 

Tras releerlo, encuentro grato el poder decir que, salvando algunas limitaciones menores en mi conocimiento de la economía en aquella época, sigue estando vigente en su esencia, y sirviendo al propósito con el que fue escrito: evidenciar los problemas que tanto la izquierda como la derecha política han traído sobre nuestro país, y presentar una alternativa eficaz. 

En este artículo, me propondré traer del mundo de los difuntos, una vez más, a uno de los pensadores católicos más brillantes de todos los tiempos: Gilbert K. Chesterton, y a su propuesta económica: el distributismo.


Destruyendo la tradición

El concepto de "tradición" tiene mala fama entre progresistas. Se lo considera sinónimo de autoritarismo, reacción y rigidez política y moral. O, en una frase, de "Dios, patria y familia". 

Chesterton respondería que, lejos de representar todo el anquilosamiento que caracteriza a los conservadores, la tradición es "la democracia de los muertos". 

Piense el lector en nuestros ancestros viviendo sus vidas, y enfrentando los mismos problemas existenciales y prácticos que nosotros experimentamos. Ellos tal vez no tenían naves espaciales ni colisionadores de hadrones, pero sería y es ingenuo pretender que eran estúpidos. 

Muy por el contrario, cualquiera interesado en la filosofía y sabiduría medieval habrá notado la dificultad de entender los razonamientos de gente como Agustín, Boecio o Tomás de Aquino, quienes fueron encarnaciones vivas del espíritu de su tiempo. Hoy, es difícil hallar un pensador capaz no ya de igualarlos, sino tan siquiera de entenderlos de manera adecuada. 

El genio de estos tres hombres es evidencia de que nuestros ancestros eran, al menos, tan inteligentes como cualquiera de nosotros. Y como nosotros, se preocupaban por transmitir su aprendizaje a la siguiente generación. 

Así, las soluciones que ellos hallaron a los problemas de la vida, lejos de ser una suma de arbitrariedades opresivas y ridículas, eran, sencillamente, la acumulación de generaciones y generaciones de prueba y error. La familia, el matrimonio, la comuna, la corona y el altar, más que caprichos de gente inculta y semi cavernícola, eran el fruto de los descubrimientos empíricos de sus ancestros, y en ello radicaba su valor. Eran el conjunto de instituciones que demostraron ser útiles para la vida comunitaria. Ni más ni menos.

Tendemos a pensar en los reyes de la Edad Media como monarcas absolutos, en las mujeres como meras siervas de sus maridos, y en los curas como una suerte de pastores neopentecostales que vendían aceite sagrado. Requeriría numerosas páginas responder a cada una de estas ideas, pero todo se reduce a una sola palabra: contrapesos. 

Las sociedades premodernas tenían instituciones que limitaban los poderes del monarca, el marido y, aunque suene raro, del sacerdote. La lógica del medieval era que nadie tuviera suficiente poder ni riqueza para esclavizar a sus semejantes. Así, en la España medieval existían los fueros y las cortes, que se encargaban de ponerle "peros" a las decisiones del rey. De las mujeres se esperaba amor y obediencia al marido, pero tenía una dote que les permitía valerse por sí mismas, y su educación era prioritaria dada su función de formar a los hijos, hasta el punto en que el primer tratado educativo medieval fue escrito por una mujer, y la mayoría de manuscritos con los que contamos fueron redactados por monjas, y no por clérigos. Al cura se le debía respeto y sumisión filial, pero las diferentes jerarquías de la Iglesia tenían el acuerdo implícito con el pueblo de encargarse de sostener a las viudas y a los pobres. 

El problema con estas instituciones, y la razón de que quienes se aferran a ellas a menudo parezcan desfasados, es que literalmente lo están. Con la modernidad y el nacimiento del capitalismo, la sociedad y economía que justificaban su existencia desaparecieron en la noche de los tiempos. 

Hoy en día, ya no hay reyes ni tiene sentido que los haya, porque el capital exige del gobernante unos conocimientos técnicos, una complacencia hacia la casta empresarial y un grado de centralización administrativa que obligan a que las pequeñas comunidades, que alguna vez limitaron el poder de los monarcas, deleguen las responsabilidad sobre sí mismas en unos nuevos señores feudales electos cada cuatro años. Es sencillamente imposible desarrollar una economía de libre mercado si tenemos que consultar a los productores locales sobre qué reglas les gustaría tener. 

La familia tradicional y la piadosa entrega de la esposa al cuidado de los hijos, lejos de ser instituciones lógicas y con pleno sentido dadas las necesidades de la vida humana, son un lastre y fuente de permanente sufrimiento e injusticia. Ahora, el encargado de educar a los niños es el Estado capitalista, mismo que no tiene el menor interés en que las madres los críen y les enseñen valores y sabiduría ancestral. No es difícil de entender: lo que se necesita es producir obreros en serie, no personas plenamente aptas para la vida comunitaria. 

La ama de casa queda, así, reducida a un adorno del esposo, y sin la ayuda que el Estado debería concederle (un punto en que suscribo plenamente a la opinión de Eva Duarte), está condenada a ver como los días pasan sin un verdadero progreso para sí misma, y con el permanente peligro de que, muerto el marido, no tenga donde ir a parar con sus huesos. Y eso en el mejor de los casos. Es de esperarse que, en una sociedad así, las mujeres no deseen formar una familia. Un acuerdo del todo injusto para ellas.

Los curas siguen, a menudo, cumpliendo la función de administrar la asistencia a los desamparados. Pero si, Dios no quiera, cayera sobre ellos la plena responsabilidad de hacerlo, como quisieran aquellos que creen en la caridad y no en la solidaridad, se verían sobrepasados, como de hecho ya está sucediendo en los comedores populares. Así al hacerse cargo el Estado de las terribles consecuencias del capitalismo, las instituciones religiosas pierden su rol natural, dejando a sociedades enteras sin un sentido de comunidad inspirado en el amor de un mismo Padre. No debería sorprender a nadie que la depresión y el suicidio sean una auténtica pandemia a escala planetaria. 

Edmund Burke consideraba que las sociedades son como edificios. Es necesario hacer los cambios debidos en él si queremos ampliarlo o hacerle mantenimiento. Pero, si uno no es cuidadoso, toda la estructura puede venirse abajo. Los pisos superiores se sostienen sobre ciertas columnas, y no es sabio ni prudente destruirlas sin más, esperando que esos pisos floten como por arte de magia. 

Teniendo este ejemplo en mente, no es difícil darse cuenta de por qué las cosas están tan mal: nuestras sociedades, que se creen más sabias que todas las generaciones anteriores, han introducido transformaciones que quitan de su contexto natural a las cosas que alguna vez nos sostuvieron. Y una de esas innovaciones, y tal vez la más devastadora, es el fin de la propiedad familiar. 


Ni libertad ni igualdad

La verdadera historia del capitalismo

La idea de que el capitalismo es una institución natural, tan popular entre libertarianos y conservadores, es simplemente fruto de una ignorancia histórica pasmosa. 

Pero... ¿qué es exactamente el capitalismo? Entendemos por "capitalismo" a aquél sistema económico basado en la propiedad privada sobre los medios de producción, el libre mercado y - añado yo - la existencia del dinero como una mercancía. 

¿A qué nos referimos con esto? En primer lugar, a que las cosas que sirven para producir otras cosas están en manos de una pequeña porción de la sociedad, que es la "encargada" de dar empleo al resto, comprando su fuerza de trabajo. En segundo lugar, esta propiedad opera en un contexto de mercado, en que la oferta y la demanda definen el curso de la economía. Y en tercer lugar, el dinero, lejos de ser una herramienta para el intercambio que sólo ocasionalmente se utiliza, es el centro mismo de la vida económica, funcionando como una mercancía cuyo valor oscila como la de cualquier otra.

Karl Polanyi hizo notar que nada de esto ha existido siempre. En las sociedades antiguas, el dinero era lo que ya señalé: una herramienta de uso muy ocasional en la vida económica. El mercado tampoco era el medio principal de distribución de bienes y servicios, sino que lo eran la reciprocidad, la lealtad y, a menudo, el gobierno. Sin embargo, la diferencia más importante entre las sociedades tradicionales y las contemporáneas en este sentido era el hecho de que la propiedad era eminentemente familiar, y no pertenecía sólo a una élite. 

Javier Milei repite a menudo que, antes del capitalismo, la mayoría de la población vivía en la pobreza extrema. Esto no es verdad: en las sociedades precapitalistas, casi todas las familias tenían sus talleres, sus tierras y su ganado, que les permitían vivir con cierta comodidad. Aunque tendamos a pensar lo contrario, lo raro en la Edad Media era darse con alguien que no tuviera para comer, cosa que cambiaría radicalmente con el capitalismo. La norma era la subsistencia, y no la pobreza. 

Al poseer sus propias fuentes de riqueza, las familias no tenían que vivir con el continuo miedo a que su fuente de ingresos fuera despedida y no pudiera pagar el alquiler. Una realidad que la izquierda sueña con materializar, sin saber que su sueño fue, en realidad, la vida de las mayorías durante miles de años.

Pero... si el sistema funcionaba, ¿por qué desapareció? La respuesta es que lo hizo a punta de violencia. Ni más ni menos. 

El capitalismo surgió cuando los terratenientes, deseosos de enriquecerse arrendando las tierras a agricultores privados, expropiaron sus tierras a las comunidades que vivían en ellas, obligándolas a punta de espada a viajar a las ciudades a malvivir con base en un trabajo miserable en las nacientes industrias. Lo que un marxista llamaría la "acumulación originaria", que posibilitó siglos de expansión económica a costa de la mayor parte de los seres humanos. 

Así, una economía basada en la familia pasó a centrarse en el individuo y su eterna lucha por sobrevivir, y las prácticas productivas basadas en los ciclos de la naturaleza y el equilibrio con ella dieron lugar a un monstruo que necesita crecer sin fin para sobrevivir, a costa de la destrucción de ecosistemas que amenaza el futuro de la humanidad. 

Mención especial merecen los horrores que los seres humanos infligimos a las demás criaturas de la Tierra en los criaderos. Los seres que anteriormente crecían en contacto con la naturaleza y saliendo a pastar cada mañana, ahora viven eternamente en corrales de 2x2, siendo alimentados hasta la obesidad para luego ser asesinados de maneras completamente inhumanas, provocando en el proceso un impacto ambiental que ni el coloso que es la humanidad hoy en día sabe cómo controlar. 


¿Y cuál es la alternativa?

Reconozco que mi descripción de los hechos suena catastrófica, pero, ¿acaso hay alguna alternativa?

Muchos podrían pensar en el socialismo marxista, o alguno de sus vástagos. Pero Chesterton, a quien ya me he referido, diría que éste es sólo una cara más de la misma moneda. 

Dijimos que lo que distingue al capitalismo de las sociedades premodernas no es la propiedad privada, sino su extensión: lo que antes era de numerosas familias de pequeños productores, hoy pertenece a un selecto club de familias que controlan las fábricas, las tierras y las aguas. 

Pregunto yo, con el célebre genio inglés: ¿en qué es esto diferente a que sea un pequeño grupo de burócratas el dueño de todo lo que posibilita la vida humana? No es ya que la revolución suele ser sangrienta y, como es demostrable históricamente, nunca ha dado buenos frutos ni económica ni socialmente, sino que el problema es más profundo: ¿cómo, exactamente, es menos alienante para una persona el tener que ser un engranaje de una enorme maquinaria estatal, que el serlo de una colosal maquinaria empresarial? 

Piense en esto el lector: ¿Cómo puede alguien tener control sobre su destino, o tener un trabajo que realmente lo motive y le de sentido a su vida, si su única función es preparar planillas de Excel o repetir un mismo movimiento en la línea de montaje, a cambio de algo de dinero? ¿Es tan difícil ver lo inhumano que resulta reducir la vida de alguien a eso? 

Si lo pensamos un poco, resulta escalofriante el hecho de que las dos grandes "alternativas" del mundo moderno transforman al ser humano en cosa, y en una cosa insignificante y sin propósito real. No debería sorprender la cantidad de escapismos que el hombre actual necesita para soportar su día a día. Drogas, alcohol, videojuegos, sitios para adultos, y pare usted de contar. El soma que hace que los días negros del obrero sean grises. 

Ante esta falsa dicotomía, Chesterton da un golpe en la mesa, y ofrece una alternativa radical: que cada familia sea la unidad básica de la economía. Que cada padre y madre de familia tengan los medios para garantizar a sus hijos unas condiciones de vida dignas, sin necesidad de venderse como esclavos a tiempo parcial a un empresario o a un gobierno.

¿Cree el lector que soy un utopista, como nos acusan de ser los socialistas y libertarios a los que proponemos el distributismo? Pues si es así, cree mal. Utopía es pensar que los dos sistemas que más han destruido la libertad y la prosperidad de las familias en la historia humana van a ser capaces de traer el fin de estos problemas. Parafraseando a Milei, la solución no son ni el Estado ni el falso libre mercado: el problema son ellos mismos. 

Cuando cada abuelo pueda enseñar su oficio a sus nietos, y cada trabajador a sueldo sea, al menos en parte, dueño de la empresa para la que trabaja, ese día habrá terminado la esclavitud del hombre a la economía. Ese día, y no antes ni después, habrá retornado el orden natural de las cosas. 

¡Sí, el orden natural! La aplicación práctica de las verdades de la tradición perenne de todos los pueblos, la máxima expresión de la sabiduría de aquellas sociedades que nos precedieron, y que vivieron en armonía con su entorno durante la casi totalidad de la historia humana hasta el siglo XVIII.

Porque no es sabio quien tiene que redescubrirlo todo, porque ha renunciado a los que sus padres sabían. Ese, es más bien, necio, y estará condenado a fracasar en todas sus empresas, pues no hay hombre que pueda vencer la sabiduría de esta "democracia de los muertos", acumulada desde Adán hasta nuestros días. 

¿Y cómo hemos de aplicar este saber a nuestras sociedades? Hubo días en los que cada familia tenía una granja o un taller, pero en un sociedad como la nuestra esto se ve difícil de materializar sin mucha sangre de por medio. Sangre que, por supuesto, no deseo ver derramada, pues ningún ideal es digno de provocar el fratricidio. Pasemos ahora, pues, a las propuestas concretas de este escrito. 


El distributismo en la Argentina actual

Este apartado será breve, pues no requiero de demasiada palabrería para explicar mi punto. Lo primero que hay que señalar es que la reforma agraria es siempre una opción, mientras no amenace con llevarnos al golpe de Estado y la guerra civil. Hablé ya de Burke y el edificio que es nuestra República. No es prudente venir a demoler de un solo golpe un sistema entero, pues esto podría derivar en el colapso de la estructura. Tendremos que inclinarnos, en cambio, por reformas progresivas que, sin embargo, serán más profundas y duraderas que cualquier revolución armada. 

Dije ya que nuestro ideal ha de ser que cada familia tenga la propiedad suficiente para sostenerse, y que cada hombre pueda instruir a su nieto en un negocio que le enseñe responsabilidad individual y comunitaria, y que, sobre todo, lo haga auténticamente libre, y no esclavo ni del burgués ni del comisario político. 

Pero... ¿cómo aplicar una idea semejante a una sociedad tan desigual como lo es la Argentina? Sorprenderá al lector sostener que, probablemente, sea más sencillo de lo que podría parecer. Pero requerirá de un coraje y una voluntad popular firme, y unidas tras un proyecto común de país. 

Todos sabemos cuál es la política oficial del mileísmo en materia impositiva: reducir las cargas sobre los ricos a fin de que inviertan en la creación de nuevos negocios. Más allá de que la teoría del goteo ha fallado innumerables veces y no parece que esta vaya a ser la excepción, resulta hilarante ver cómo, en una Argentina en que las mayorías se han empobrecido, tenemos que el consumo de las clases altas se ha disparado gracias a las reducciones de impuestos que el gobierno les ha concedido. 

Esto, además de ser vergonzoso, abre posibilidades interesantes si estuviéramos dispuestos a exigir más de los bolsillos de aquellos que más tienen. Porque, aunque cualquier reforma fiscal contra los millonarios argentinos exigirá una auténtica "batalla cultural", esta podría ser la única salida real a largo plazo a la catástrofe que estamos viviendo. 

Prometí ser breve, y así va a ser: Argentina cuenta con los recursos suficientes para sacar de la pobreza a millones con la suficiente voluntad política. Y para demostrarlo, tomaré las cifras oficiales del presupuesto ciudadanos 2024 del propio Estado mileísta. 

Quiero aclarar que, al tomar las cifras siguientes, no estoy sugiriendo que el dinero deba obtenerse directamente de los sectores a los que hago referencia. Simplemente intento poner las cosas en perspectiva, a fin de ilustrar mi punto. 

Tomemos la cifra del 2% del gasto total destinado al Ministerio de Seguridad. Sí, como suena: 2%, que equivale a un total de 1.472.382,3 millones de pesos. Según he investigado, la inversión necesaria para abrir una panadería artesanal en la Argentina de 2024 era de seis o siete millones de pesos. Esto quiere decir que, con una cantidad de dinero equivalente, en un año, podrían haberse creado 210.340 panaderías nuevas. En cinco años, son más de un millón.

¿A qué quiero llegar con esto? ¿Acaso aspiro a transformar a los pobres en panaderos? Pues, no. O al menos, no del todo. Lo que quiero decir es que los recursos para ayudar a las personas a crear, individualmente o en comunidad, sus propios negocios, con los que sostener a sus familias, existen. Simplemente nadie ha decidido aplicar un programa de este tipo con el alcance y la consistencia necesarias. 

Con un programa de este tipo, a largo plazo y con la inversión requerida, se podrían hacer muchas cosas. Mi propuesta personal es la siguiente: tomar a los trabajadores informales que ya se dedican a un rubro determinado y reunirlos en una cooperativa lo bastante grande para tener impacto en el mercado. 

El mayor problema de las pequeñas empresas locales en el capitalismo actual es su incapacidad para competir. Cosa que puede arreglarse fácilmente con una medida de este tipo, que permita a sus beneficiarios hacerse de un nombre y un lugar en sus comunidades. A esto habría que sumar programas de capacitación a mayor escala para que los desempleados y aquellos cuyas fuentes de ingresos no les son suficientes para llevar vidas dignas, y podríamos hacer un enorme bien en un tiempo relativamente corto. 

Un factor importante, que definirá el éxito de un proyecto de este tipo, es ayudar a los nuevos propietarios a aprender lo que necesitan hacer para que sus negocios sean rentables a largo plazo. Esta puede tranquilamente ser la diferencia entre el triunfo y el fracaso en una economía cada día más compleja y competitiva. Cursos de marketing, de manejo de redes sociales, de publicidad en medios más tradicionales, y este tipo de cuestiones.

A modo de conclusión, exhorto al oyente a considerar sin prejuicios esta propuesta. Tal vez no sea tan emocionante como una revolución o una guerra cultural contra el socialismo, pero tiene de su lado el sentido común, que es ni más ni menos que el veredicto de la democracia de los muertos. 

jueves, 27 de marzo de 2025

El problema del feminismo

 


El otro día, una compañera me pasó una publicación realizada por la reconocida activista feminista Malena Pichot en la red social favorita de Satanás: Twitter. Misma que pueden ver en pantalla.

En ella, como seguro podrán notar si no son invidentes, la comediante preferida de Ofelia Fernández se queja de las "pick me morenistas" que, "con todas las formas del feminismo", se atreven a criticar a su movimiento e ideología. 

Y aunque algunos podrán acusarme de "mansplaining" por el atrevimiento, el día de hoy voy a osar hablar de feminismo, y de por qué, aunque no soy feminista y algunas de sus actitudes se me hacen "un poquito" chocantes, tampoco me considero antifeminista, y creo que hay numerosos elementos rescatables en ese enorme espectro, a pesar de mis diferencias con él. 

De antemano lo digo: el objetivo de este video es papearse tanto a libertarios como a progresistas. Sin embargo, en este canal no creemos en la polarización política, y voy a intentar ser amable y justo con ambos, así que por favor no se apresuren a escracharme, y primero vean lo que tengo para decir. 

Mientras escribo estas palabras, me vienen a la mente una vasta cantidad de asuntos que podría tocar en relación a esta temática, y como corro el riesgo de irme por las ramas brindando multitud de detalles menos interesantes que lo que desayunó Napoleón el ocho de diciembre de 1813, voy a poner un eje en torno al cual va a orbitar todo mi discurso: el del odio innecesario que ha surgido entre los ultras de ambas partes, y que está contribuyendo a la creciente fractura social que viven nuestras comunidades. 

Y quisiera empezar haciendo un breve comentario biográfico sobre una de las figuras que, en virtud de su talento, ha sabido estar en el centro mismo de esa tormenta de desindustrialización y criptomonedas que es el gobierno de Javier Milei. 

Todos conocemos a Agustín Laje, y especialmente desde el bochornoso video que produjo para el 24 de marzo del corriente año. Un hombre inteligente, lamentablemente lleno de una rabia que me asusta más que tener viva a mi suegra, y que, sin embargo, se ha hecho famoso a punta de fake news y una pequeña ayuda de nuestros amigos de la Red Atlas. 

Pero no vengo a hablar de él, sino de una de sus jóvenes colaboradores, que lamentablemente no ha sido tratada con la justicia que le es debida. 

Nuestra historia comienza en algún momento entre los años 2014 y 2016, cuando nuestra protagonista contaba trece años de edad. Ella, según narra, era una chica intelectualmente inquieta, que fue pronto testigo de cómo sus compañeras de clase, por influencia de sus profesoras, se volvían feministas. 

Siendo tan joven, vio las bellezas del movimiento, y decidió, en sus palabras, "ser una feminista informada". Así que, sirviéndose de su conexión a Internet, inició una profunda investigación sobre el feminismo y sus ramas. 

A esto ella no lo dice, pero yo lo infiero: en algún punto de su análisis, su destino se cruzó con el de nuestro politólogo negacionista favorito. Agustín Laje y la referida se hicieron amiguis, y de él aprendió las críticas al feminismo que, años después, la harían famosa. 

Hablar contra el feminismo a mitad de su era dorada no le salió gratis. Pronto, sus compañeras de clase, e incluso sus docentes, se volvieron en su contra, y comenzaron a hostigarla de maneras, y lo digo con la seriedad de un autista que alguna vez sufrió de acoso escolar, totalmente condenables y dignas de nuestro justo rechazo. Algo que, en consonancia con sus palabras, me atrevo a decir que fue muy poco "sororo" de su parte. 

Puedo imaginar lo que habrá pasado por la cabeza de esa niña mientras la empujaban por la escalera, le cortaban el pelo o le rompían sus útiles escolares. Esencialmente porque es una experiencia que yo mismo sufrí cuando era niño, y que en unión con una visión ideologizada de la realidad, sin duda puede marcar la vida de una persona. 

Seguramente se quejó de que aquellas que decían defender a las mujeres, la atacaran por disentir con una cosmovisión política. Y eso, con certeza, hizo brotar un creciente resentimiento en su corazón de pollo, que se veía articulado por la ideología conservadora que había hecho suya. 

Es fácil de entender: si tengo una ideología que me dice que se me va a perseguir por disentir con un movimiento, en palabras de Laje, "totalitario", lo lógico es que, cuando eso efectivamente ocurra, mi rabia alimente mi devoción hacia dicha ideología. De modo que la situación se presta al chiste de que el feminismo creó el monstruo que ahora está devorándolo. 

Chiste que no voy a hacer. Eugenia Rolón, a quien me he referido hasta ahora, no es un monstruo, o al menos, no me consta que lo sea. Es una joven brillante que, lamentablemente, a mi juicio, ha caído en las garras de la famosa "grieta". Para ella, como para muchos en el bando conservador de la "batalla cultural", el feminismo es básicamente fruto de una conjura luciferina contra la libertad y la igualdad que dice promover. 

Es cuestión, sencillamente, de prestar atención a sus argumentos. Ella, y otros libertarios, se quejan continuamente de que el feminismo ha creado leyes, en sus palabras, "discriminatorias" contra los hombres. Ellas tienen un ministerio, y ellos no. Ellas reciben habitualmente la custodia de los hijos, y ellos no. Un hombre puede ir a la cárcel por una mera denuncia por violencia doméstica, y ellas no. 

Aclaro que no estoy emitiendo juicio alguno sobre la veracidad de estas afirmaciones, o la interpretación que ellos les dan. Lo único que estoy haciendo es intentar entrar en la mente de alguien como Eugenia, que ha visto la peor cara de la guerra cultural, con la buena o mala fortuna (dependiendo de a quién le preguntes) de combatir en uno de sus bandos. 

La guerra siempre te cambia. Incluso si las armas son cuentas de Twitter y reels de Instagram. Y uno debe tener eso en cuenta a la hora de juzgar a una persona. 

Dicho esto, y ya que he dado una de cal, voy a dar una de arena: algunas de sus acciones en esta guerra siguen sin ser justificables. A fin de mantener en privado sus defectos, conforme a lo que me manda la fe católica, no voy a entrar en detalles, pero para resumir, en más de una ocasión, junto a su novio, Iñaki Gutiérrez, ha difundido información falsa a fin de dejar  mal parados a sus adversarios. 

Y no es la única. Laje, Nicolás Márquez o el mismísimo Javier Milei, han hecho tres cuartas partes de lo mismo a lo largo de los años. De nuevo, tratemos de entrar en su mente: si mis adversarios son emisarios de Samael, tengo derecho a tomarme "ciertas libertades" para arrebatarles el poder. 

El problema es que sus noticias falsas están lejos de ser inocuas. Laje acusó a una organización LGBT chilena de promover las cosas indebidas con niños. Márquez, dijo que la "ideología de género" ha llevado a la legalización de las cosas indebidas con animales en Canadá. Y me consta al menos un caso en que Iñaki Gutiérrez acusó temerariamente a cierto streamer de hacer negocios con el gobierno. 

Voy a decirlo fuerte y claro: esto es nefasto. Es acusar falsamente a gente con la que uno puede estar de acuerdo o no, pero que sin duda sufre de discriminación y marginalidad hasta hoy, y que sólo busca ser tratada con amor y respeto. 

¿Qué si ocurren cosas cuestionables en las marchas del orgullo? Sí, desde luego, y también en el carnaval. Eso no es razón para condenar a todo un movimiento de cara al público, y especialmente, para hacerlo con base en mentiras. 

Sin embargo, lo que a mí personalmente me enoja de todo esto es el hecho de que este tipo de cosas tienen como consecuencia inevitable el promover el odio y la división entre ciudadanos. Unos van a odiar a los del otro bando por pervertidos, y los otros van a hacer lo propio con sus rivales por crédulos e intolerantes. Y en el proceso, surgen grupos de trolls de un sector y otro que se dedican a faltarle el respeto a sus respectivos enemigos, cuando no a acosarlos. Un círculo vicioso de manual, vamos. 

Ahora bien: en honor a la verdad, ciertos "progres", aunque menos deshonestos, han sido incluso más insoportables. Lo sé, lo sé: no todas las feministas queman iglesias o pintan "desviví a tu novio, a tu papá y a tu hermano" en las paredes de una ciudad. Juro que no estoy inventándome nada. 

No todas lo hacen, pero sí las suficientes, y la respuesta del resto del movimiento no ha sido tan visible como muchos hubiésemos querido. A esto sumemos el hecho de que el feminismo tiene una asombrosa habilidad para utilizar consignas fáciles de malinterpretar, y tenemos el cóctel completo. 

Alguien que lee "muerte al macho" en un grafiti en la plaza del pueblo no va a entender, de buenas a primeras, que se refiere a la muerte del arquetipo platónico del hombre violento y dominante que alimenta al patriarcado. Va a pensar que a la autora de esas líneas le vendría bien una dosis de olanzapina. Y no, no es culpa de la gente: el hombre y la mujer comunes no tienen por qué tener un doctorado en estudios de género. Es deber del comunicador saber darse a entender. 

Hasta que este sector del feminismo aprenda a ser un poco menos prepotente, puede irse olvidando de que la gente no le agarre tirria. Y para cambiar la imagen que se tiene de él, tiene que hacer una seria autocrítica, y dejar de pretender que el mundo es estúpido por no comprenderlo. O vamos a tener Milei, Laje y Bolsonaro para rato. 

Habiendo expuesto mis críticas metodológicas, vamos a lo que les prometí: ¿qué elementos rescatables veo en el feminismo, y en el antifeminismo? 

Volvamos con una de las críticas más habituales de los libertarios al feminismo: la desigualdad ante la ley que, sostienen ellos, provoca este movimiento en detrimento de los derechos de los hombres. 

Hace unos días, estando al reverendo pedo, se me ocurrió mirarme un debate en un programa que no sé ni cómo se llama, entre un par de jóvenes libertarios y unas feministas. En el video, uno de los muchachos decía que él podría estar de acuerdo con un "feminismo liberal", que se base en el principio de "igualdad ante la ley". 

Una de sus rivales le preguntó, entonces, si su "feminismo liberal" estaría de acuerdo con algo como el cupo laboral trans. "Eso no es igualdad ante la ley", contestó el joven. 

La propia Rolón, en alguna ocasión, ha hablado de los cupos de género como una medida discriminatoria contra las propias mujeres, a las que se presume, dice ella, incapaces de ganar un cargo por sus propios medios. 

Mi problema con lo que dice es, sencillamente, que como mínimo está en un error obvio: nadie, y mucho menos las feministas, cree que las mujeres sean incapaces de ganar un cargo por su habilidad y méritos. El problema es que, en la práctica, las cosas no son tan sencillas. 

Existen estudios que han encontrado que, cuando en un laboratorio se reciben solicitudes de empleo firmadas por un hombre, se le ofrece al candidato un mayor salario y jerarquía que a una mujer. Podemos debatir a qué se debe esto, pero es obvio que implica una desventaja para las mujeres, que debe ser corregida. 

El argumento de que eso es "desigualdad ante la ley" no es válido. Por un motivo muy sencillo: su exigencia es equivalente a negarse a producir una ley para brindar medicamentos a pacientes con cáncer porque eso es "injusto" para los que no tienen cáncer. 

"¿Y qué cuerno tiene una cosa que ver con la otra?", podrá preguntarse alguien. A lo que yo respondo: todo. 

Hay que entender una cosa: la idea de igualdad ante la ley termina siendo una parodia si no se presta atención a las aptitudes y necesidades particulares de las personas. El ser humano es igual ante la ley en la medida en que todos los derechos que se le conceden, le son dados precisamente por ser humano, y no por cualquier otra característica. Esto, sin embargo, no excluye necesariamente las políticas basadas en las circunstancias particulares de una comunidad humana concreta. 

Es decir: el cupo laboral trans es legítimo siendo que el transgénero es un colectivo con tasas de desempleo del 80% y un nivel de marginalidad aterrador, así como es legítimo que el Estado pague los medicamentos de un paciente con cáncer, no por el hecho de que los beneficiarios de estas leyes sean trans o pacientes con cáncer y eso les otorgue una dignidad adicional, sino porque son seres humanos que necesitan ayuda. 

Lo que cuenta no es que la persona sea mujer, trans, negra o gay. Lo que cuenta es que es persona, y por una contingencia histórica, tiene cierta característica que la pone en desventaja. Así como la tendría una persona enferma de cáncer, o que se ha quedado sin trabajo. 

Entonces, las medidas de "discriminación positiva", por mucho que Libertad y Lo Que Surja disienta, no son una forma de apartheid, siempre que se basen en la igual dignidad de todos los seres humanos, y no en una lógica supremacista.

Así que sí: por lo menos este peroncho marrón, choripanero y católico, apoya el cupo laboral trans. Ya pueden iniciar una guerra santa en la caja de comentarios. 

Poniéndonos serios, y en relación a lo anteriormente explicado, he aquí mi primer punto de contacto con el feminismo: su énfasis en la justicia social, y su preocupación por las discriminaciones por motivos de género que, sobre todo mujeres, pero también hombres, sufren a día de hoy. 

El feminismo ha sido hasta la fecha el único movimiento en cuestionar seriamente lo que las sociedades occidentales han exigido históricamente a los miembros de ambos sexos. De las mujeres hablan más, cosa que es lógica porque hablamos de un movimiento precisamente de mujeres. Pero también se han dado cuenta de que a los hombres se les exige un malsano cóctel de represión emocional, dominancia y agresividad, que es destructivo, en primer lugar, para los propios hombres, y sólo de manera secundaria, para las mujeres. 

Siempre me ha fascinado el hecho de que los libertarios a menudo no se percaten de que los problemas de género masculinos que ellos mismos señalan son prueba de la necesidad del enfoque que el feminismo ha ofrecido a la hora de analizar la realidad. Los hombres abarcan la mayoría de autoeliminaciones y personas sin hogar, además de recibir penas hasta seis años más largas por los mismos delitos de una mujer, sí. Y creo que no es difícil darse cuenta de que ha de haber un motivo por el que esto es así. 

Voy a presentar mi hipótesis, que puede, o no, ser correcta. Algunos activistas feministas se han quejado de que a las mujeres se las ha presentado, históricamente, como objetos destinados al servicio y placer de los hombres. Pero a menudo se les olvida revisar la contracara de esa realidad. 

"Los hombres no lloran", suele decirse. Y la pregunta que debemos hacernos es por qué. ¿Qué implica esa idea? ¿A qué interés sirve? 

Cuando pregunto "quién" es el beneficiario de tal visión no estoy sugiriendo que haya un conspirador oculto trabajando para explotar a sus semejantes. Lo que estoy diciendo es que, a menudo, las sociedades construyen sus ideas morales en función de sus necesidades. 

En el pasado, era necesario para el naciente capitalismo que alguien se hiciera cargo de las labores domésticas, y surgió el ideal del ama de casa, a fin de tener alguien a quién relegarle esa clase de funciones. Del mismo modo, hasta el día de hoy es necesario alguien que, por así decirlo, "proteja a la tribu". Un buen soldado debe ser violento, dominante, ambicioso y, sobre todo sacrificado. Él no puede permitirse flaquear. Debe ser duro como una roca, y reprimir hasta donde sea posible aquellos elementos de su ser que puedan jugarle en contra en este sentido. 

Y la verdad es que, si lo analizamos con cuidado, las exigencias del buen soldado que acabo de describir son precisamente las que hemos tenido los hombres durante toda la historia. Es importante remarcar que cuando se asume que el deber de alguien es sacrificarse, se vuelve, valga la redundancia, sacrificable. Sus necesidades no importan, o al menos, no importan tanto como las de aquellos que deben ser protegidos por ese alguien. 

Y esa es, en mi opinión, la raíz de que nadie ponga el grito en el cielo porque los hombres se autoeliminen el doble de veces que las mujeres. O de que a nadie parezca importarle que el 80% de personas sin hogar sean hombres, y de que los jueces a menudo castiguen más a un hombre que a una mujer por el mismo delito. Es secundario, porque las necesidades de un soldado no importan tanto.

Si queremos cambiar esto, va a ser menester que hombres y mujeres comiencen a reflexionar sobre esas obligaciones impuestas a ambos sexos, que tanto daño les hacen. Y en eso, hayamos  un posible punto de convergencia entre feminismo y antifeminismo. 

Pero, insisto, para ello será  necesario un movimiento social que reflexione de manera menos parcial sobre estas cuestiones. Y en ese sentido, se requerirá que los propios hombres comencemos a cuestionarnos nuestras particulares formas de opresión, en cooperación con las compañeras que Dios creó para nosotros. 

Porque ese es un asunto en que debo darle la buena a los conservadores: aunque me consta que esa está lejos de ser su intención, el feminismo ha acabado por forjar una cierta división entre los sexos, que ciertos movimientos políticos han sabido aprovechar. Para muestra un botón: la mayoría de hombres en los Estados Unidos votó por Donald Trump, y lo mismo es cierto para las mujeres en el caso de Kamala Harris. 

Hombres y mujeres han acabado viéndose como rivales. Y eso es absolutamente lamentable. Dice la Biblia que Eva fue hecha de una costilla. Eso es claramente simbólico para cualquiera que entienda el texto bíblico de manera adecuada, pero nos transmite una bonita enseñanza: la mujer brotó de los huesos que protegen el corazón del hombre, y se encuentra, a su vez, protegida por los fuertes brazos del varón. 

Ese es el rol de hombres y mujeres en esta sociedad: el de cuidar el uno del otro, cada uno a su modo, y atendiendo a su particular modo de ser. Y no es vergüenza vivir para el servicio de otro. Más bien, lo es el no hacerlo, diría la Madre Teresa.

La compañera que me pasó el tweet de Malena se quejaba de que, a menudo, ciertas feministas parezcan incapaces de ver cómo otra mujer puede hallar alegría en el servicio de sus hijos y su marido. No me malentiendan: soy un firme partidario de que la mujer trabaje y tenga poder en la familia y la comunidad, así como de que se repartan equitativamente las tareas domésticas. Pero la independencia absoluta que el liberalismo y el progresismo promueven tendrá, y ya está teniendo, consecuencias trágicas para nuestra sociedad. 

Al que tenga tiempo, le recomiendo ver el documental "La teoría sueca del amor". En él, los autores exploran cómo la disolución de los lazos familiares en el país báltico ha llevado a una epidemia de soledad, en que no es raro que una persona fallezca o incluso se quite la vida, y pasen semanas antes de que alguien se de cuenta. El fruto de renunciar a las instituciones naturales. 

Pero, por otro lado, le reconozco a Malena que mucha gente no ha sabido ser ecuánime en este sentido. Muchos siguen naturalizando formas de servicio injustas de mujeres hacia hombres. Tal es el caso de aquellos que, por ejemplo, le niegan a las amas de casa, con todo el valor de su aporte a la sociedad, el derecho a una jubilación. 

En ese sentido, Guillermo Moreno es muy sensato al decir que el único subsidio que su Estado peronista ideal mantendría es el destinado precisamente a las mujeres que se dedican a labores domésticas, en beneficio de las futuras generaciones. 

Sin embargo, no podemos quedarnos en eso. Es importante combatir todas las formas de discriminación injusta basada en el género, a fin de lograr una comunidad digna de ser llamada "justicialista". Oremos a Dios para que el futuro sea testigo de una Argentina libre en que, sin embargo, reinen la justicia, el amor y la igualdad.

Y con estas palabras, llegamos al final de este video. Si te gustó, te invito a suscribirte y regalarme tu "me gusta", cosa que en verdad me ayudaría mucho. Hasta la próxima. 

¿Fueron 30.000? Respuesta a Delfina Wagner.

 El día 24 de Marzo del 2021, Delfina Wagner, dueña del canal homónimo y conocida por su activismo en redes contra el progresismo y a favor ...