El otro día, una compañera me pasó una publicación realizada por la reconocida activista feminista Malena Pichot en la red social favorita de Satanás: Twitter. Misma que pueden ver en pantalla.
En ella, como seguro podrán notar si no son invidentes, la comediante preferida de Ofelia Fernández se queja de las "pick me morenistas" que, "con todas las formas del feminismo", se atreven a criticar a su movimiento e ideología.
Y aunque algunos podrán acusarme de "mansplaining" por el atrevimiento, el día de hoy voy a osar hablar de feminismo, y de por qué, aunque no soy feminista y algunas de sus actitudes se me hacen "un poquito" chocantes, tampoco me considero antifeminista, y creo que hay numerosos elementos rescatables en ese enorme espectro, a pesar de mis diferencias con él.
De antemano lo digo: el objetivo de este video es papearse tanto a libertarios como a progresistas. Sin embargo, en este canal no creemos en la polarización política, y voy a intentar ser amable y justo con ambos, así que por favor no se apresuren a escracharme, y primero vean lo que tengo para decir.
Mientras escribo estas palabras, me vienen a la mente una vasta cantidad de asuntos que podría tocar en relación a esta temática, y como corro el riesgo de irme por las ramas brindando multitud de detalles menos interesantes que lo que desayunó Napoleón el ocho de diciembre de 1813, voy a poner un eje en torno al cual va a orbitar todo mi discurso: el del odio innecesario que ha surgido entre los ultras de ambas partes, y que está contribuyendo a la creciente fractura social que viven nuestras comunidades.
Y quisiera empezar haciendo un breve comentario biográfico sobre una de las figuras que, en virtud de su talento, ha sabido estar en el centro mismo de esa tormenta de desindustrialización y criptomonedas que es el gobierno de Javier Milei.
Todos conocemos a Agustín Laje, y especialmente desde el bochornoso video que produjo para el 24 de marzo del corriente año. Un hombre inteligente, lamentablemente lleno de una rabia que me asusta más que tener viva a mi suegra, y que, sin embargo, se ha hecho famoso a punta de fake news y una pequeña ayuda de nuestros amigos de la Red Atlas.
Pero no vengo a hablar de él, sino de una de sus jóvenes colaboradores, que lamentablemente no ha sido tratada con la justicia que le es debida.
Nuestra historia comienza en algún momento entre los años 2014 y 2016, cuando nuestra protagonista contaba trece años de edad. Ella, según narra, era una chica intelectualmente inquieta, que fue pronto testigo de cómo sus compañeras de clase, por influencia de sus profesoras, se volvían feministas.
Siendo tan joven, vio las bellezas del movimiento, y decidió, en sus palabras, "ser una feminista informada". Así que, sirviéndose de su conexión a Internet, inició una profunda investigación sobre el feminismo y sus ramas.
A esto ella no lo dice, pero yo lo infiero: en algún punto de su análisis, su destino se cruzó con el de nuestro politólogo negacionista favorito. Agustín Laje y la referida se hicieron amiguis, y de él aprendió las críticas al feminismo que, años después, la harían famosa.
Hablar contra el feminismo a mitad de su era dorada no le salió gratis. Pronto, sus compañeras de clase, e incluso sus docentes, se volvieron en su contra, y comenzaron a hostigarla de maneras, y lo digo con la seriedad de un autista que alguna vez sufrió de acoso escolar, totalmente condenables y dignas de nuestro justo rechazo. Algo que, en consonancia con sus palabras, me atrevo a decir que fue muy poco "sororo" de su parte.
Puedo imaginar lo que habrá pasado por la cabeza de esa niña mientras la empujaban por la escalera, le cortaban el pelo o le rompían sus útiles escolares. Esencialmente porque es una experiencia que yo mismo sufrí cuando era niño, y que en unión con una visión ideologizada de la realidad, sin duda puede marcar la vida de una persona.
Seguramente se quejó de que aquellas que decían defender a las mujeres, la atacaran por disentir con una cosmovisión política. Y eso, con certeza, hizo brotar un creciente resentimiento en su corazón de pollo, que se veía articulado por la ideología conservadora que había hecho suya.
Es fácil de entender: si tengo una ideología que me dice que se me va a perseguir por disentir con un movimiento, en palabras de Laje, "totalitario", lo lógico es que, cuando eso efectivamente ocurra, mi rabia alimente mi devoción hacia dicha ideología. De modo que la situación se presta al chiste de que el feminismo creó el monstruo que ahora está devorándolo.
Chiste que no voy a hacer. Eugenia Rolón, a quien me he referido hasta ahora, no es un monstruo, o al menos, no me consta que lo sea. Es una joven brillante que, lamentablemente, a mi juicio, ha caído en las garras de la famosa "grieta". Para ella, como para muchos en el bando conservador de la "batalla cultural", el feminismo es básicamente fruto de una conjura luciferina contra la libertad y la igualdad que dice promover.
Es cuestión, sencillamente, de prestar atención a sus argumentos. Ella, y otros libertarios, se quejan continuamente de que el feminismo ha creado leyes, en sus palabras, "discriminatorias" contra los hombres. Ellas tienen un ministerio, y ellos no. Ellas reciben habitualmente la custodia de los hijos, y ellos no. Un hombre puede ir a la cárcel por una mera denuncia por violencia doméstica, y ellas no.
Aclaro que no estoy emitiendo juicio alguno sobre la veracidad de estas afirmaciones, o la interpretación que ellos les dan. Lo único que estoy haciendo es intentar entrar en la mente de alguien como Eugenia, que ha visto la peor cara de la guerra cultural, con la buena o mala fortuna (dependiendo de a quién le preguntes) de combatir en uno de sus bandos.
La guerra siempre te cambia. Incluso si las armas son cuentas de Twitter y reels de Instagram. Y uno debe tener eso en cuenta a la hora de juzgar a una persona.
Dicho esto, y ya que he dado una de cal, voy a dar una de arena: algunas de sus acciones en esta guerra siguen sin ser justificables. A fin de mantener en privado sus defectos, conforme a lo que me manda la fe católica, no voy a entrar en detalles, pero para resumir, en más de una ocasión, junto a su novio, Iñaki Gutiérrez, ha difundido información falsa a fin de dejar mal parados a sus adversarios.
Y no es la única. Laje, Nicolás Márquez o el mismísimo Javier Milei, han hecho tres cuartas partes de lo mismo a lo largo de los años. De nuevo, tratemos de entrar en su mente: si mis adversarios son emisarios de Samael, tengo derecho a tomarme "ciertas libertades" para arrebatarles el poder.
El problema es que sus noticias falsas están lejos de ser inocuas. Laje acusó a una organización LGBT chilena de promover las cosas indebidas con niños. Márquez, dijo que la "ideología de género" ha llevado a la legalización de las cosas indebidas con animales en Canadá. Y me consta al menos un caso en que Iñaki Gutiérrez acusó temerariamente a cierto streamer de hacer negocios con el gobierno.
Voy a decirlo fuerte y claro: esto es nefasto. Es acusar falsamente a gente con la que uno puede estar de acuerdo o no, pero que sin duda sufre de discriminación y marginalidad hasta hoy, y que sólo busca ser tratada con amor y respeto.
¿Qué si ocurren cosas cuestionables en las marchas del orgullo? Sí, desde luego, y también en el carnaval. Eso no es razón para condenar a todo un movimiento de cara al público, y especialmente, para hacerlo con base en mentiras.
Sin embargo, lo que a mí personalmente me enoja de todo esto es el hecho de que este tipo de cosas tienen como consecuencia inevitable el promover el odio y la división entre ciudadanos. Unos van a odiar a los del otro bando por pervertidos, y los otros van a hacer lo propio con sus rivales por crédulos e intolerantes. Y en el proceso, surgen grupos de trolls de un sector y otro que se dedican a faltarle el respeto a sus respectivos enemigos, cuando no a acosarlos. Un círculo vicioso de manual, vamos.
Ahora bien: en honor a la verdad, ciertos "progres", aunque menos deshonestos, han sido incluso más insoportables. Lo sé, lo sé: no todas las feministas queman iglesias o pintan "desviví a tu novio, a tu papá y a tu hermano" en las paredes de una ciudad. Juro que no estoy inventándome nada.
No todas lo hacen, pero sí las suficientes, y la respuesta del resto del movimiento no ha sido tan visible como muchos hubiésemos querido. A esto sumemos el hecho de que el feminismo tiene una asombrosa habilidad para utilizar consignas fáciles de malinterpretar, y tenemos el cóctel completo.
Alguien que lee "muerte al macho" en un grafiti en la plaza del pueblo no va a entender, de buenas a primeras, que se refiere a la muerte del arquetipo platónico del hombre violento y dominante que alimenta al patriarcado. Va a pensar que a la autora de esas líneas le vendría bien una dosis de olanzapina. Y no, no es culpa de la gente: el hombre y la mujer comunes no tienen por qué tener un doctorado en estudios de género. Es deber del comunicador saber darse a entender.
Hasta que este sector del feminismo aprenda a ser un poco menos prepotente, puede irse olvidando de que la gente no le agarre tirria. Y para cambiar la imagen que se tiene de él, tiene que hacer una seria autocrítica, y dejar de pretender que el mundo es estúpido por no comprenderlo. O vamos a tener Milei, Laje y Bolsonaro para rato.
Habiendo expuesto mis críticas metodológicas, vamos a lo que les prometí: ¿qué elementos rescatables veo en el feminismo, y en el antifeminismo?
Volvamos con una de las críticas más habituales de los libertarios al feminismo: la desigualdad ante la ley que, sostienen ellos, provoca este movimiento en detrimento de los derechos de los hombres.
Hace unos días, estando al reverendo pedo, se me ocurrió mirarme un debate en un programa que no sé ni cómo se llama, entre un par de jóvenes libertarios y unas feministas. En el video, uno de los muchachos decía que él podría estar de acuerdo con un "feminismo liberal", que se base en el principio de "igualdad ante la ley".
Una de sus rivales le preguntó, entonces, si su "feminismo liberal" estaría de acuerdo con algo como el cupo laboral trans. "Eso no es igualdad ante la ley", contestó el joven.
La propia Rolón, en alguna ocasión, ha hablado de los cupos de género como una medida discriminatoria contra las propias mujeres, a las que se presume, dice ella, incapaces de ganar un cargo por sus propios medios.
Mi problema con lo que dice es, sencillamente, que como mínimo está en un error obvio: nadie, y mucho menos las feministas, cree que las mujeres sean incapaces de ganar un cargo por su habilidad y méritos. El problema es que, en la práctica, las cosas no son tan sencillas.
Existen estudios que han encontrado que, cuando en un laboratorio se reciben solicitudes de empleo firmadas por un hombre, se le ofrece al candidato un mayor salario y jerarquía que a una mujer. Podemos debatir a qué se debe esto, pero es obvio que implica una desventaja para las mujeres, que debe ser corregida.
El argumento de que eso es "desigualdad ante la ley" no es válido. Por un motivo muy sencillo: su exigencia es equivalente a negarse a producir una ley para brindar medicamentos a pacientes con cáncer porque eso es "injusto" para los que no tienen cáncer.
"¿Y qué cuerno tiene una cosa que ver con la otra?", podrá preguntarse alguien. A lo que yo respondo: todo.
Hay que entender una cosa: la idea de igualdad ante la ley termina siendo una parodia si no se presta atención a las aptitudes y necesidades particulares de las personas. El ser humano es igual ante la ley en la medida en que todos los derechos que se le conceden, le son dados precisamente por ser humano, y no por cualquier otra característica. Esto, sin embargo, no excluye necesariamente las políticas basadas en las circunstancias particulares de una comunidad humana concreta.
Es decir: el cupo laboral trans es legítimo siendo que el transgénero es un colectivo con tasas de desempleo del 80% y un nivel de marginalidad aterrador, así como es legítimo que el Estado pague los medicamentos de un paciente con cáncer, no por el hecho de que los beneficiarios de estas leyes sean trans o pacientes con cáncer y eso les otorgue una dignidad adicional, sino porque son seres humanos que necesitan ayuda.
Lo que cuenta no es que la persona sea mujer, trans, negra o gay. Lo que cuenta es que es persona, y por una contingencia histórica, tiene cierta característica que la pone en desventaja. Así como la tendría una persona enferma de cáncer, o que se ha quedado sin trabajo.
Entonces, las medidas de "discriminación positiva", por mucho que Libertad y Lo Que Surja disienta, no son una forma de apartheid, siempre que se basen en la igual dignidad de todos los seres humanos, y no en una lógica supremacista.
Así que sí: por lo menos este peroncho marrón, choripanero y católico, apoya el cupo laboral trans. Ya pueden iniciar una guerra santa en la caja de comentarios.
Poniéndonos serios, y en relación a lo anteriormente explicado, he aquí mi primer punto de contacto con el feminismo: su énfasis en la justicia social, y su preocupación por las discriminaciones por motivos de género que, sobre todo mujeres, pero también hombres, sufren a día de hoy.
El feminismo ha sido hasta la fecha el único movimiento en cuestionar seriamente lo que las sociedades occidentales han exigido históricamente a los miembros de ambos sexos. De las mujeres hablan más, cosa que es lógica porque hablamos de un movimiento precisamente de mujeres. Pero también se han dado cuenta de que a los hombres se les exige un malsano cóctel de represión emocional, dominancia y agresividad, que es destructivo, en primer lugar, para los propios hombres, y sólo de manera secundaria, para las mujeres.
Siempre me ha fascinado el hecho de que los libertarios a menudo no se percaten de que los problemas de género masculinos que ellos mismos señalan son prueba de la necesidad del enfoque que el feminismo ha ofrecido a la hora de analizar la realidad. Los hombres abarcan la mayoría de autoeliminaciones y personas sin hogar, además de recibir penas hasta seis años más largas por los mismos delitos de una mujer, sí. Y creo que no es difícil darse cuenta de que ha de haber un motivo por el que esto es así.
Voy a presentar mi hipótesis, que puede, o no, ser correcta. Algunos activistas feministas se han quejado de que a las mujeres se las ha presentado, históricamente, como objetos destinados al servicio y placer de los hombres. Pero a menudo se les olvida revisar la contracara de esa realidad.
"Los hombres no lloran", suele decirse. Y la pregunta que debemos hacernos es por qué. ¿Qué implica esa idea? ¿A qué interés sirve?
Cuando pregunto "quién" es el beneficiario de tal visión no estoy sugiriendo que haya un conspirador oculto trabajando para explotar a sus semejantes. Lo que estoy diciendo es que, a menudo, las sociedades construyen sus ideas morales en función de sus necesidades.
En el pasado, era necesario para el naciente capitalismo que alguien se hiciera cargo de las labores domésticas, y surgió el ideal del ama de casa, a fin de tener alguien a quién relegarle esa clase de funciones. Del mismo modo, hasta el día de hoy es necesario alguien que, por así decirlo, "proteja a la tribu". Un buen soldado debe ser violento, dominante, ambicioso y, sobre todo sacrificado. Él no puede permitirse flaquear. Debe ser duro como una roca, y reprimir hasta donde sea posible aquellos elementos de su ser que puedan jugarle en contra en este sentido.
Y la verdad es que, si lo analizamos con cuidado, las exigencias del buen soldado que acabo de describir son precisamente las que hemos tenido los hombres durante toda la historia. Es importante remarcar que cuando se asume que el deber de alguien es sacrificarse, se vuelve, valga la redundancia, sacrificable. Sus necesidades no importan, o al menos, no importan tanto como las de aquellos que deben ser protegidos por ese alguien.
Y esa es, en mi opinión, la raíz de que nadie ponga el grito en el cielo porque los hombres se autoeliminen el doble de veces que las mujeres. O de que a nadie parezca importarle que el 80% de personas sin hogar sean hombres, y de que los jueces a menudo castiguen más a un hombre que a una mujer por el mismo delito. Es secundario, porque las necesidades de un soldado no importan tanto.
Si queremos cambiar esto, va a ser menester que hombres y mujeres comiencen a reflexionar sobre esas obligaciones impuestas a ambos sexos, que tanto daño les hacen. Y en eso, hayamos un posible punto de convergencia entre feminismo y antifeminismo.
Pero, insisto, para ello será necesario un movimiento social que reflexione de manera menos parcial sobre estas cuestiones. Y en ese sentido, se requerirá que los propios hombres comencemos a cuestionarnos nuestras particulares formas de opresión, en cooperación con las compañeras que Dios creó para nosotros.
Porque ese es un asunto en que debo darle la buena a los conservadores: aunque me consta que esa está lejos de ser su intención, el feminismo ha acabado por forjar una cierta división entre los sexos, que ciertos movimientos políticos han sabido aprovechar. Para muestra un botón: la mayoría de hombres en los Estados Unidos votó por Donald Trump, y lo mismo es cierto para las mujeres en el caso de Kamala Harris.
Hombres y mujeres han acabado viéndose como rivales. Y eso es absolutamente lamentable. Dice la Biblia que Eva fue hecha de una costilla. Eso es claramente simbólico para cualquiera que entienda el texto bíblico de manera adecuada, pero nos transmite una bonita enseñanza: la mujer brotó de los huesos que protegen el corazón del hombre, y se encuentra, a su vez, protegida por los fuertes brazos del varón.
Ese es el rol de hombres y mujeres en esta sociedad: el de cuidar el uno del otro, cada uno a su modo, y atendiendo a su particular modo de ser. Y no es vergüenza vivir para el servicio de otro. Más bien, lo es el no hacerlo, diría la Madre Teresa.
La compañera que me pasó el tweet de Malena se quejaba de que, a menudo, ciertas feministas parezcan incapaces de ver cómo otra mujer puede hallar alegría en el servicio de sus hijos y su marido. No me malentiendan: soy un firme partidario de que la mujer trabaje y tenga poder en la familia y la comunidad, así como de que se repartan equitativamente las tareas domésticas. Pero la independencia absoluta que el liberalismo y el progresismo promueven tendrá, y ya está teniendo, consecuencias trágicas para nuestra sociedad.
Al que tenga tiempo, le recomiendo ver el documental "La teoría sueca del amor". En él, los autores exploran cómo la disolución de los lazos familiares en el país báltico ha llevado a una epidemia de soledad, en que no es raro que una persona fallezca o incluso se quite la vida, y pasen semanas antes de que alguien se de cuenta. El fruto de renunciar a las instituciones naturales.
Pero, por otro lado, le reconozco a Malena que mucha gente no ha sabido ser ecuánime en este sentido. Muchos siguen naturalizando formas de servicio injustas de mujeres hacia hombres. Tal es el caso de aquellos que, por ejemplo, le niegan a las amas de casa, con todo el valor de su aporte a la sociedad, el derecho a una jubilación.
En ese sentido, Guillermo Moreno es muy sensato al decir que el único subsidio que su Estado peronista ideal mantendría es el destinado precisamente a las mujeres que se dedican a labores domésticas, en beneficio de las futuras generaciones.
Sin embargo, no podemos quedarnos en eso. Es importante combatir todas las formas de discriminación injusta basada en el género, a fin de lograr una comunidad digna de ser llamada "justicialista". Oremos a Dios para que el futuro sea testigo de una Argentina libre en que, sin embargo, reinen la justicia, el amor y la igualdad.
Y con estas palabras, llegamos al final de este video. Si te gustó, te invito a suscribirte y regalarme tu "me gusta", cosa que en verdad me ayudaría mucho. Hasta la próxima.
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