domingo, 23 de abril de 2023

Oh, Muerte (cuento)

 Grazilin se sentó con suma dificultad al interior de la caverna en que, junto a los que alguna vez consideró sus amigos, había quedado atrapado algún tiempo atrás. ¿Horas? ¿Días? Era difícil decirlo sin acceso a la luz solar.  

Apoyado sobre una pared húmeda y mohosa, luchaba vanamente por respirar, sabiendo que ya poco le quedaba sobre este mundo, y casi con seguridad a ellos también. 

Yacían en el suelo después de que un violento terremoto hiciera caer sobre sus cabezas grandes rocas que les dejaron inconscientes, pero aún respirando. Hubiese sido de algún modo una justicia poética si él hubiera podido escapar. Después de todo, le llevaron allí para matarle por razón de la terrible traición de revelar la corruptela que habían construido a lo largo de los años. 

Tomaron la estúpida decisión de dejar fuera a sus mafiosos subordinados, llevándole hacia las profundidades de la estructura y proponiéndose matarle sin que nunca nadie pudiera encontrar sus restos. En parte por temor a las autoridades y en parte como un elemento más de su cínica vendetta, por la que le harían desaparecer para siempre del mundo que -sabían bien- alguna vez temió que le olvidara. 

Era realmente difícil. Y no tan sólo por la injusticia de su próxima muerte, sino ante todo por el dolor que tal escena le provocaba. Habían sido, después de todo, sus camaradas desde el principio. Los amaba, y durante mucho tiempo creyó que ellos lo amaban de vuelta. Pero resultó no ser así. 

La linterna pronto quedó sin batería después de que la posó tiernamente sobre el rostro de Violith. Sólo quería ver su rostro imberbe reposar en el suelo, dormida como la bebé que siempre vio en ella, pero sin despertarla. Después de todo, era inevitable que muriera por intoxicación de dióxido de carbono luego de que el oxígeno se agotara. Era mejor que lo hiciera cómodamente dormida. 

Le recordó con ternura ya en la más absoluta oscuridad. Era la más joven de todas, y la relación femenina más genuina que jamás llegó a tener. Tras conocerla, no tardó en enamorarse profundamente de él. Era una niña de quince años, brillante pero insegura y fácil de conducir para sus colegas con mayor habilidad. A menudo él la protegía como un hermano mayor cuando notaba que un idiota de los muchos que abundan en la política y los negocios intentaba aprovecharse de su ingenuidad. No había mucho que pudiera hacer pese a su insistencia. Él tenía diecinueve años, y no es diferencia escasa.

Por alguna razón, esa niña le recordaba a su difunta hermana, y llegó a comprometerse con ella hasta el punto de jugársela en numerosas ocasiones, aún contra su voluntad, por resguardarla. Ella se irritaba cuando conseguía alejar a algún magnate que deseaba una prostituta adolescente a la que pagarle los caprichos. Se enfadaba durante semanas y luego volvía a él, con la mirada baja pidiendo perdón. Una y otra vez. Durante tres años y medio. 

Nunca hubiera esperado, entonces, que cuando decidió confiarle en exclusiva lo que había descubierto respecto al peculiar arreglo político con el narcotráfico que les llevó al poder estatal, fuera ella quien le apuñalara por la espalda a fin de salvar su carrera. 

Mientras le arrastraban aquí, se le notaba incómoda, y evitaba mirarle a los ojos. No había mucho que decir, en realidad. Él la veía con severidad y decepción ante cada intento.

No dijo nada mientras sus demás colaboradores se proponían asesinarle de un modo exquisitamente cruel al interior del lugar más inesperado para hacer una fogata. Simplemente caminaba de un lado a otro evitando contemplarle. Evidentemente culpable, pero sin arrepentimiento real. 

Y cuando todo estaba listo y el que había considerado su mejor amigo se proponía encender la cerilla, la Tierra tembló de un modo inusualmente violento incluso para una zona sísmica. Casi como si de un castigo divino se tratara. 

Y así, con los demás incapacitados, él logró zafarse de sus ataduras e intentó vanamente buscar una salida, hasta que comprobó que tendría que compartir con ellos sus últimos instantes de vida. Por demás irónico considerando que alguna vez discutieron, en sus primeros tiempos, sobre lo bello que sería morir juntos tras dar batalla por la justicia. 

Cerró los ojos sin que eso afectara en nada la negrura infinita que percibía. Su respiración era ya casi imposible, y sintió como la vida escapaba de él. Hasta que de repente todo terminó. 

Repentinamente se sintió bien. Ya no le costaba respirar. De hecho, no parecía que necesitara hacerlo en absoluto. 

Se puso de pie dificultosamente, y mientras lo hacía su cuerpo comenzó a brillar traslúcidamente, dando luz a toda la sala. Miró sus manos, visibles pero transparentes, que le permitían ver con claridad todo lo que había tras ellas. Fascinante. ¿Existiría acaso vida tras la muerte? Si era así, entonces... oh, no. 

Se recordó a sí mismo su notorio escepticismo hacia el politeísmo cultural que le circundaba. ¿Tendría ahora que comparecer ante Am Dhaegar, juez de todo varón? ¿Daría acaso importancia a su nobleza, o tendría razón Violith, y él le penaría por haberle rechazado sin mayores consideraciones?

 Tembló ante tal perspectiva, y no pudo sino gritar de espanto ante el sonido de la flauta tras de si, que tocaba una triste melodía. Volteó rápidamente sin estar seguro de querer hacerlo. Y efectivamente, allí estaba ella. 

Sentada con sus piernas cruzadas, La Muerte se había apoyado en el suelo de la parte amplia de la caverna, mientras tocaba suavemente la flauta de hueso que siempre llevaba consigo. Dos alas negras brotaban de su espalda encorvada. 

Ella portaba una túnica negra que le cubría por completo a excepción de los brazos con que manipulaba el instrumento y su rostro huesudo. Aunque eso sería quedarse corto. La palabra correcta era "esquelético": un cráneo humano recubierto de piel pálida, seca y muerta, coronado con dos ojos blancos, nublados, como los de un ciego. 

Le miró con terror durante varios segundos, hasta que ella finalmente habló. Su voz era femenina y susurrante como la del viento. 

-Cálmate- le dijo en tono suave pero imperativo-. No voy a hacerte daño, ni mi señor tampoco. He venido por ti y sólo por ti, para que puedas recibir el premio que adquiriste con tanta virtud, a menudo sin saber que lo estabas haciendo. 

Él respiró aliviado, para inmediatamente después recordar aquellas enigmáticas palabras que acababan de brotar de la boca de la Puerta de la Otra Vida: ¿"sólo por ti"? 

-¿Qué pasará con ellos?- se apresuró a preguntar con preocupación. 

Lo mismo que a ti- volvió a hablar La Parca-: recibirán lo que merecen. Hasta el fin del mundo. 

Inmediatamente tras concluir estas palabras, él fue testigo de cómo, desde el suelo, una serie de zarcillos y luego tentáculos emanaban, sujetando inmediatamente los cuerpos de sus amigos. Inmediatamente les vio abrir los ojos, y fue testigo de cómo sus cuerpos astrales intentaban abandonar la materia física, brillando en el proceso. 

Uno a uno despertaban e intentaban zafarse. Les miró en shock hasta que escuchó la suave y aún infantil voz de Violith, quien aterrorizada le imploró con ojos de miedo absoluto con un "por favor, ayúdame". 

Él no tuvo tiempo de correr a intentar liberarla antes de que Doña Osamenta le dirigiera nuevamente la palabra: 

-Ni te gastes. No podrás salvarla, ni a ninguno de ellos. Firmaron su propia sentencia en el preciso instante en que decidieron darte muerte o, a lo menos, consentir silenciosamente ese crimen. En ese momento perdieron el derecho a la redención. 

-¡No, por favor!- gritó Violith, quien por ser devotamente religiosa estaba perfectamente consciente de lo que venía. 

Inmediatamente, una de las masas tentaculares que se envolvían por todo su cuerpo decidió ingresar por su boca y expandirse dentro, impidiendo que de ella pudiera brotar algo que no fueran gemidos ahogados de pánico. 

-Ahora sí pides piedad- le habló la Novia Fiel, mirándole con un odio implacable e inmisericorde-. Cobarde. Tuviste una semana entera para rectificar y salvar a quien hizo por ti lo que tu padre jamás se molestó en intentar. Ahora se acabó para ti. Eres sin duda la peor de todos. La traición, más aún si es por la mera ambición de un mugroso puñado de atención y afecto, es una gran ofensa, y requiere una pena a la altura. 

"No", se oyó decir a un suplicante Grazilin, ante el horror de la escena. Ahora todos gemían a modo similar. Estaban realmente acabados, y nunca pensó que fuese posible tanto terror en la mirada de personas que demostraron siempre entereza y fuerza psíquica. 

-En fin- volvió a hablar ella-. Nos vamos. Ahora el Cielo es tuyo para seguir mejorando y creciendo por toda la eternidad, hasta llegar a ser uno con la Fuente misma de toda Creación, que es responsable de la existencia de cada dios. En cuanto a ustedes, no me molestaré ni en desearles buena suerte. No les servirá de absolutamente nada. 

Y en ese momento, él pudo ver cómo el suelo a su alrededor se agrietaba, revelando bajo sus pies un ardiente lago de algo que parecía ser fuego, pero que era oscuro, siniestro, de olor pútrido y aterrador hasta el extremo con sólo mirarlo. 

Mientras las manos arrastraban a sus queridos hacia el interior de la fosa infinita ubicada en lo más profundo de la Tierra, vio como, aún con sus bocas cubiertas gritaban ahogadamente con un dolor más allá de las palabras. 

Volteó a ver a Mariel Guadaña, quien ahora se encontraba de pie a su lado extendiéndole la mano, mientras una enorme puerta luminosa y rectangular, que dejaba ver el más hermoso paisaje que jamás pudo imaginar, se abría tras de sí. 

La tensión era excesiva. Pero sabía una cosa: no podía dejarla a su suerte. 

-¡Por favor, haré lo que sea!- gritó desesperado en dirección a la Piadosa Impiedad Negra, que se sobresaltó al instante, mientras el silencio más absoluto invadía el lugar. 

Volteó a verlos a todos, retomando su respirar agitado, y los encontró congelados en gestos de dolor y miedo, pero sin moverse ni un centímetro.

-¿Lo que sea?- preguntó La Muerte, mirándole con una sorpresa absoluta que resultaba evidente pese a sus ojos muertos. 

-Cualquier cosa- respondió mientras comenzaba a llorar-. 

-Se lo merecen- volvió a decir la Señora de los Sarcófagos, sin apenas poder creer lo que acontecía-. Acaban de casi quemarte vivo por intentar salvar la vida de personas inocentes de las que deseaban aprovecharse. 

Él la miró a los ojos, sollozando sin saber qué decir, hasta que, finalmente, concluyó que sólo le quedaba ser sincero. 

-Los amo- volvió a decir-. Fueron lo más cercano a mi familia durante años. Estuve con ellos desde que era niño en el hogar de acogida. Y Violith- comentó mientras volteaba a verla, notando entonces la forma en que inclinaba su mirada petrificada hacia él como pidiendo clemencia, pero también perdón desde la más honda profundidad de su corazón-... ella es la luz de mis días. Nunca cuidé a nadie como a esa chica, y no voy a dejar que alguien la destruya. Mucho menos ahora.

La Parca le miró sin comprender, pero evidentemente esforzándose por hacerlo, y por primera vez le vio parpadear apresuradamente antes de proseguir. 

-Tal vez es de esto de lo que Gabriel intentó hablarnos- reflexionó para sí misma, bajando la vista para luego volver a elevarla-. 

-¿De qué hablas?

-Creo que te lo dije ya: Am Dhaegar no es la Fuente de todo lo existente. Sólo es un dios más. Uno perfectamente justo, pero sólo eso. Carece de toda compasión por cualquiera, y es incapaz de siquiera procesarla. Me creó a partir de sí mismo y tengo su misma tendencia. Pero recientemente algo vino a mí de fuera del mundo, y en un instante me dijo muchas cosas. Me habló sobre los ancestros del soberano del mundo, cuya existencia él mismo no sospecha. Una inteligencia fría y carente de conciencia, todo en uno y uno en todo, que conoce todo lo que ocurre en cualquier parte de la enormidad de los mundos que existen aparte de éste, y que nació de un colosal, durmiente y ciego idiota. Me habló, además, sobre su Padre. El auténtico Dios Supremo, Ilimitado, Eterno, infinitamente Sabio e infinitamente Poderoso. Él es distinto a mí y a mi padre. Es Justo, sí, pero Su primer Cualidad en relación a las criaturas es la Misericordia, siempre dispuesta y ansiosa por perdonar, que vas tras el ser racional antes de que él siquiera lo desee. 

Grazilin le miró sin comprender el por qué de tanta plétora, cosa que evidentemente ella no tardó en notar, pues se apresuró a explicarse. 

-No lo entendí en su momento y le rechacé. Era simplemente inaceptable para mí que se perdonase al malvado. Una auténtica y abominable injusticia. Pero ahora entiendo todo: no lo haces por ser débil ante la justicia ¿Verdad? 

-No- respondió él, al ver que la Huesuda se quedaba en silencio durante algunos instantes-. Lo hago por amor. El más puro amor del que jamás fui capaz. 

-Exacto- contestó su interlocutora en tono alegre, como el de quien acaba de concluir la búsqueda de su vida-. No eres injusto al hacer esto, pues uno también se debe justicia a sí mismo. El que ama y perdona es justo por el sólo hecho de hacerlo, pues esa bondad es su propia recompensa. Le plenifica y perfecciona. Se hace con el mismo acto el honor que merece. 

Él le miró entre esperanzado y suplicante. La Muerte contempló entonces, como luchando contra sus propios prejuicios, a los pobres infelices que estaban a punto de recibir el castigo que merecían, hasta finalmente suspirar. 

-Está bien- dijo-. Te ayudaré. Pero no te saldrá barato. 

-¿Qué quieres decir?- preguntó él, mientras el tiempo se reanudaba, los tentáculos se retiraban de los cuerpos sutiles de su peculiar y traicionera familia y el suelo se cerraba bajo sus pies, mientras todos juntos, asustados como cachorros, se amontonaban por grupos abrazándose en los extremos de la habitación. 

-No podré convencer a mi padre de que les de una segunda oportunidad. Al menos no a corto plazo. Pero sí hay algo que puedes hacer. Verás: técnicamente sí hay una manera de salvarlos. Mi padre es justísimo, implacable, pero por eso mismo nunca deja nada noble u honorable sin recompensar. Así que sí él viera que tú te sacrificas lo suficiente por ellos, los conduciría al Cielo aún a regañadientes, tal vez con un castigo menor de por medio. Los perdonará por amor a ti. Y les dará lo que nunca merecieron. 

-¡Sí!- exclamó él- Pagaré el precio necesario. No importa nada. 

-El precio consiste en volver a tu cuerpo en descomposición y permanecer en él durante el tiempo necesario, sintiendo el dolor de la putrefacción y el tormento de los insectos y de los hongos durante todo ese período. No podrás moverte. Sólo existir allí, atrapado hasta que se deshaga por completo. A juzgar por el tipo de humedad que hay aquí, tomará siglos hasta que tus huesos se desintegren.

Inmediatamente la escena volvió al más absoluto silencio. Él miró al cadáver frío e inmóvil en un extremo de la habitación, aterrado y dudoso. Pero entonces miró a Violith, quien abrazada a su mejor amiga -la que había sugerido matarle a ese modo particular- lucía como un conejito atrapado al borde del abismo. Pensó en todo lo que ella y los suyos deberían sufrir si declinaba. No podía hacerles eso. Especialmente a su niña. 

Siempre la había cuidado, y no podía abandonarla ahora. No después de haberse jugado el prestigio e incluso la vida en tantas ocasiones. No lo merecía, sin duda, pero ¿Acaso él tampoco merecía verla feliz, por lo que luchó durante tantísimo tiempo?

Recuperó entonces su entereza y, varonilmente, bajó su cabeza en señal de aprobación. La Muerte hizo lo propio una vez más, totalmente fascinada, mientras se acercaba a esos pobres chicos, ahora entre aliviados, confundidos y torturados por sus conciencias, y le extendía la mano a la jovencita que había llegado lo bastante profundo en el corazón de ese hombre para darse así por ella. 

-Vámonos- le dijo, esta vez en tono dulce y apacible-. Ahora entrarán al reposo que se compró para ustedes. 

-¿Y él?- preguntó ella, mirándole con rostro angustiado. 

-Se quedará aquí hasta saldar su deuda. Tranquila. Le verán de nuevo. Sólo deben esperar. 

-Pero... no es justo- respondió comenzando a llorar-. 

-Lo es- replicó la Dama-. Un simple pero extraordinario mortal me enseñó esa lección. 

Levantándolos del suelo, La Calavera los condujo hacia el portal, e hizo que lo cruzaran uno a uno. Cuando llegó el momento de Violith, no se limitó tan sólo a mirarlo agradecida como todos los demás, sin atreverse por la vergüenza a emitir palabra. Volteó, le vio nuevamente a los ojos, ahora compasivos y enamorados como los de un padre, y le susurró un "perdóname por todo", y un "gracias" emanado desde las más densas profundidades de su ser, antes de abrazarle derramando lágrimas sobre su piel, para luego atravesar la puerta. 

La Muerte se volteó a verle por última vez antes de hacer lo propio. 

-Extraoficialmente te agradezco, y te digo que eres un joven de impresionante valía y honor. Gloria eterna a Aquél que te inspira. La verdad no creo que debas siquiera ir al Cielo después de que esto termine. Vas a trascender de inmediato. Realmente va a ser un honor contar con tu protección. 

-La honra es mía- contestó, ahora determinado-. Nos veremos próximamente. 

-Que así sea- fueron sus últimas palabras, mientras ingresaba y la puerta se cerraba, dejándole sólo con seis cadáveres ajenos, que con el suyo hacían siete-.

Sabiendo lo que debía hacer, se acercó a su cuerpo sin vida y se dejó absorber por él, volviéndose uno a los pocos instantes. Como se le dijo, no podía moverse ni un centímetro, y la posición escogida ya le ocasionaba un intenso dolor en el cuello por el cansancio. Sería una larga y tortuosa espera. Pero no le importaba. 

Todo valía la pena. ¿Qué valían unos cuantos siglos frente a eones enteros de alegría venidera? 

Gloria sin fin al Inefable Dios Desconocido. En Él hallaría, un día, la Creación su descanso. 

jueves, 13 de abril de 2023

Una lectura nietzscheana de Jesucristo

 


Friedrich Nietzsche es indudablemente uno de los pensadores más interesantes de la historia de la filosofía, así como uno de los que más pasiones levantan, sea en su favor o en su contra.

En el ámbito cristiano, naturalmente, no se tiene una visión muy positiva del autor de El Anticristo, debido a su repudio de la moral cristiana que él consideraba "de esclavos", niveladora y contraria a la vida.

Sin embargo, el título de este artículo, "Una lectura nietzscheana de Jesucristo", ha sido redactado por su autor católico de doctrina ortodoxa y apologista. Y esto se debe a que considero que Nietzsche es un autor con mucho más para ofrecer para el cristianismo de lo que se podría pensar.

En particular, considero que una lectura cristiana de este importantísimo pensador alemán es posible, además de necesaria para revitalizar a la Iglesia, que ha perdido mucho por no comprender la naturaleza real de sus críticas. 

En este artículo, analizaremos las tesis nietzscheanas en torno a la moral y su naturaleza, para luego explicar cómo, contra toda apariencia externa, es posible hallar una sana complementariedad entre el filósofo germano y la ética tradicional de la Iglesia. 


La genealogía de la moral

Lo primero que es necesario comprender a la hora de analizar las posiciones de Nietzsche en torno a la moral es que, contrario a lo que suelen considerar los filósofos cristianos, ésta no es la de un mero reactivismo contra la ética cristiana en defensa de la brutalidad y la crueldad, sino que posee un trasfondo mucho más profundo que eso.

En primer lugar, es sabido que Nietzsche tuvo en altísima estima a Darwin por su rol histórico de, en sus palabras, gran desmentidor del orden metafísico de la ética. Es decir, por haber señalado por vez primera que la moral es resultado de un temporalmente muy extenso proceso de evolución biológica, una necesidad de la supervivencia humana más que dos tablas escritas por el Dedo Divino. 

En efecto, Nietzsche defendía que la moral evolucionó a partir de las necesidades de la comunidad para su propio orden y subsistencia, como un conjunto de normas que, para garantizar su obediencia, se atribuyeron a Dios o a los dioses, y que en base a esto fueron sacralizadas por las generaciones venideras. 

Esto implica, desde su perspectiva, que la moral puede ser alterada en función de las necesidades de la persona, de lo que ésta decida, sin más criterio que su propia voluntad. 

Ahora bien: esto no implica que no exista ningún tipo de criterio para realizar un juicio sobre la moral. Esto porque, en realidad, nuestros códigos morales afectan la forma en que nos concebimos a nosotros mismos, y por ende nuestra interacción con el medio y nuestra propia interioridad.

Así, en función de cuál sea la naturaleza de la moral en que la persona sea socializada, pueden pasar dos cosas: o el individuo sale "sano", esto es, fortalecido y con perspectivas a fortalecerse aún más, o sale lleno de remordimientos y culpas que le llevan a anularse a sí mismo, a renegar de la propia mejora por considerar los medios para ésta como "inmorales".

Un factor relevante en este sentido será cuál sea el foco de la moralidad: si lo es el bien o el mal. Es decir, dicho (literalmente) en cristiano, si el centro de nuestras discusiones morales será la Gracia o el pecado. 

Nietzsche consideraba que la moral cristiana de su época, con todas sus mojigaterías, neurosis e hipocresías, tenía su eje en la idea del pecado, es decir, en el mal. 

El cristianismo es, para Nietzsche, una moral de prohibiciones, de autonegación más que de autodominio, que rechaza el orgullo y la ambición que, para él, son aspectos clave del perfeccionamiento humano. 

En su opinión, esto tiene que ver con los orígenes humildes de los primeros cristianos, que siendo oprimidos en una sociedad tan brutal como la del Imperio Romano, desarrollaron un odio hacia sus amos, quienes poseían una visión de la moral totalmente inversa, fundada en el bien.

Las clases altas de Roma, como en todas las culturas, eran educadas en una moral de éxito y crecimiento personal, que aspira a diferenciarse de la masa, lo cual, sin embargo y vale la pena hacerlo notar, no implica necesariamente crueldad hacia ésta, pero sí originalidad y anhelos de superioridad.

Para ellas, lo bueno es la grandeza, y en ella está el eje de toda su ética.

Así, en base al hecho de que las clases dominantes eran orgullosas y se percibían como mejores que el populacho, los cristianos, en su odio e impotencia, criminalizaron el orgullo y la ambición, exaltando en cambio la humildad y la pobreza, lo que Nietzsche denominó como "valores ascéticos".

Claro que esta es una lectura, a mi parecer, insostenible a la luz de escritos como las Epístolas Paulinas, que continuamente reprenden a los primeros cristianos precisamente por no seguir estas normas, lo que es claramente incompatible con la idea de una exaltación motivada por la miseria. 

Es Pablo, un hombre culto de orígenes elevados, quien aboga por la humildad, la pobreza y la castidad, y no el pueblo llano al que está apelando. 

Además, no nos olvidemos del culto a los santos: ellos son modelos de perfección precisamente por su fortaleza ante la tentación, por haber querido ser más que el promedio, por sobreponerse a la mediocridad. Es decir, de fondo su moral no distaba demasiado de la moral de los amos, aunque los detalles pudiesen variar.

Sin embargo, la crítica que Nietzsche realiza al cristianismo, al concebirlo como una moral de culpas y represiones, tiene sentido si se la interpreta como un fruto de su contexto particular. Nietzsche era alemán e hijo de un pastor luterano, y todos sabemos que la ética religiosa a menudo no funciona como funcionó la lógica de los santos. 

En efecto, es innegable que el poner el foco en el pecado y la prohibición es nocivo y pernicioso, y lleva a una mentalidad neurótica e hipócrita como la que Nietzsche está criticando. 

Ahora bien: el hecho de que haya sido alemán e hijo de un pastor luterano no sólo es importante por lo señalado, sino también porque, aunque Nietzsche la describa como tal, la moral luterana está muy lejos de ser metafísica. 

Muy por el contrario, el protestantismo, con su ruptura con la tradición intelectual de la Iglesia de Roma, posee una ética estrictamente legalista, y no una que posea sus fundamentos en el Ser.

La ética protestante es en su mayor parte una ética jurídica, esto es, una ley positiva atribuida a Dios que es simplemente un conjunto de prohibiciones en abstracto. 

La ética católica, por su parte, sí posee un fundamento metafísico. Así, tenemos a Santo Tomás de Aquino y San Agustín hablándonos del ser, del engrandecimiento, como eje de la moralidad. 

De fondo, la idea es que el cumplimiento de las normas religiosas no es una mera aleatoriedad, sino que tiene que ver con el engrandecimiento o empequeñecimiento del alma. Ser santo no consiste tanto en no pecar como en perfeccionar la voluntad, la inteligencia y la sensibilidad hasta donde sea posible, pues Dios valorará esto como criterio para la Gloria del Cielo. 

Así, el catolicismo puede ser leído aprobatoriamente en términos nietzscheanos, pues es una ética del autoperfeccionamiento, del autodominio, de la grandeza en todos los ámbitos. 

Claro que Nietzsche no tenía los medios para tomar conciencia de esto. Hay una ruptura muy profunda entre la filosofía clásica y la moderna, y ni hablar de la contemporánea. Una comprensión muy limitada de la historia filosófica de la Iglesia, a mi parecer, evidentemente influyó en el furibundo anticristianismo de este pensador. 

Sin embargo, es importante para nosotros, como cristianos, el adoptar el enfoque nietzscheano de salud y perfeccionamiento del mundo vital si queremos evitar un cristianismo hipócrita y neurótico, como el que él y muchos otros han criticado.

El eje central del cristianismo fue en su origen lo que debió ser siempre: el bien, la grandeza, la nobleza, la sabiduría y el autodominio, y no las prohibiciones abstractas de un código legal que, a menudo, ni siquiera los más "puros y santos" respetan realmente.

jueves, 23 de marzo de 2023

Samael (cuento)

 


"Tiene mil caras", decían. "Miente siempre, no te fíes de ella", le advertían. 

Pero Sandra, con sus bien puestos diecinueve años, ya era una adulta, capaz de guiarse a sí misma. O eso le gustaba asumir, como un síntoma más de su habitual arrogancia. Siempre se había sentido mejor que el resto. Y es que vaya, lo era.

Era preciosa, y brillante. Sus notas siempre habían sido las mejores de toda la escuela, y seguían siéndolo ya en la universidad. Y sus padres, benévolos y orgullosos, la consentían por eso cada vez que aparecía en el primer puesto de las listas de sus instituciones privadas.

Sí, era la mejor. La cúspide de la Creación, la más noble de todas las criaturas.

Hasta que esa perra apareció. Más bella. Más inteligente. Sus notas eran mejores. Y, para colmo, era dulce y humilde, lo que redundaba en que todos la amaran mucho más de lo que jamás podrían haberlo hecho con ella.

Su nombre era Clara, y la odiaba, en un todo, porque con su transparencia le había arrebatado en tan poco tiempo el trono que alguna vez había ocupado. De repente, ella era la más popular, mientras Sandra y sus amigas quedaban relegadas a la marginalidad. 

Ahora eran las parias, las despreciadas y aisladas, por saberse de su soberbia y malicia, cuyo atractivo personal no era capaz de suplir en presencia de Clara.

Y el odio de todas, pero de Sandra ante todo, crecía con cada día que pasaba. Simplemente no podía estar pasando. No de esta forma.

El colmo de su humillación fue tener siempre en mente que, en ausencia de atractivo físico, ellas solían meterse precisamente con los chicos y sobre todo las chicas que eran como Clara. Esas mismas que ahora la rodeaban todo el tiempo, pues su sola presencia era motivo de paz y concordia. 

Ya no era la reina. Y esto, lo sabía muy bien, era un castigo por haber sido como fue. Era obvio para ella. Su familia, después de todo, era cristiana, y siempre le habían dicho que Dios castiga a quien ama. 

Pero Sandra era demasiado orgullosa para entender el mensaje. Y cuando esta mujer apareció en las pocas fiestas a las que todavía edra invitada, fue como un rayo a su encuentro.

"¿Y por qué lo hizo?", puede alguien preguntar. ¿Qué tenía de atrayente esta dama, aparte de lograr, de alguna forma, colarse en fiestas de cuasi adolescentes teniendo más de 30 años? 

Pues, en pocas palabras, que era bruja. Y no sólo bruja. Era una bruja de expresas creencias satánicas. Y no sólo era una bruja satanista: su magia era de la negra, de la que sirve para hacer daño. Y por lo que todos contaban, rendía frutos. 

Y a ella le atrajeron las leyendas sobre esta dama, de "nombre ritual" Alaryn, precisamente porque, lejos de enmendarse, ahora estaba resentida con Dios mismo. 

Quería, en efecto, la venganza más que cualquier otra cosa, y la iba a obtener en las carnes de esta chica que, siendo para colmo católica y practicante, era quien le había quitado todo.

Aquella noche, Sandra se acercó, hablaron un poco y, tras constatar que el dinero estaba en los bolsillos de la chica, la mujer se ofreció a llevarla inmediatamente a su "consultorio" para ejecutar el ritual.

Pero le dio una condición: tenía que ir las dos solas en su automóvil sin decir nada a nadie, pues todos sabían quién era y cómo ganaba el pan, y era precisamente por temor a los rumores sobre la efectividad de sus maleficios que la dejaban pasar. 

Y Sandra dudó. Sus padres, evangélicos devotos y muy ricos, que hacían tantísimo tanto por la comunidad como por su hija, siempre le decían que el Diablo nunca paga. Pero al final, el odio azuzado por la soberbia, pudo más.

En el camino, Alaryn le dijo cosas extrañas en torno a sus prácticas y, sobre todo, sobre sus colaboradores sobrenaturales.

Le explicó que Lucifer no era el nombre principal de Satanás, aunque se lo considerara así como fruto de una mera metáfora bíblica con el planeta Venus. En realidad, él tenía varios nombres. Diablo, Satán, Shemiazza... 

Sin embargo, el original, el que Yahveh mismo le había concedido antes de que nuestro mundo fuera, era "Samael", "El Veneno de Dios", el más grande de los querubines, y de todos los ángeles. Dijo, en un tono desde luego no muy alegre, que los ángeles rebeldes eran una porción relativamente ínfima del total, y que lo del tercio era más una metáfora sobre el pecado y la Misericordia que otra cosa. Dijo que, en realidad, el más pequeño de los ángeles fieles era ahora más grande que el mismo Samael, que en el principio era invencible incluso por todos sus hermanos juntos. 

La bruja describió, incluso, exactamente qué eran Samael y los de su tipo, en lo que la muchacha le miraba embobada. Criaturas que sólo podían ser descritas como extraterrestres, deidades inmortales de mente incomprensible para el intelecto humano, fuera del espacio y aún del mismo tiempo según lo entendemos los hijos de Adán. Seres con conocimientos tan profundos sobre la Creación y un poder tal sobre ella que dejarían en ridículo a cualquier fuerza que la humanidad haya podido concebir en su arte y literatura. 

Ella le dijo todo esto y Sandra, lejos de asustarse, recibió con entusiasmo su discurso, que tomó como una inspiración para seguir adelante. Ahora, en su infantil mente humana, eran todos "camaradas" en esa rebelión del orgullo y la autonomía. Y viendo sorprendida la bruja que no le asustaba, prosiguió. 

Comenzó, entonces, a hablarle sobre otros mundos en otros espacios y otros tiempos, poblados todos por algún tipo de forma inteligente. Le enseñó cómo, en un tiempo remoto (aunque para él tal categoría no tenía en modo alguno el mismo significado), Samael había seducido a una mujer que no era Eva. 

Ella se llamaba Nun, y a su nombre lo conocieron los antiguos egipcios porque su progenie se lo había revelado, entremezclándose mentiras con verdades con el paso de las eras.

Nun fue seducida para que ignorara al Creador cuando Éste le ordenó que se limitara a la meditación y la contemplación, intentando crear nuevas vidas uniéndose a la proyección que Samael hizo en su plano de existencia. 

Así, fecundada por el títere informe del Diablo, nació de su pecado, la avaricia por el poder, la abominación desoladora que Samael llamaría su "familia". 

Seres sin mente ni espíritu. Sólo un virus en el "software" de la Creación, con el único propósito de corromper todo aquello con lo que se cruzaran. Pero eran tan poderosos que por sí mismos podían, para los humanos, ser llamados "dioses". Le habló de su "patriarca", el "Emperador Dorado" y su "Reina de Sangre", la atrocidad contranatura de pieles rojo escarlata con quien procreó a los nietos del Maligno. 

Ellos dos gobernaron multiversos enteros, barrieron la vida de muchos mundos como el nuestro y sometieron a criaturas inocentes al más atroz de los sufrimientos. 

Su reinado tuvo como sede un espacio entre los espacios, más conceptual que real, por ella referido como el "Macrocosmos".  Allí, esclavizaron a la raza que lo habitaba, y que terminaría siendo tenida también por divina por parte de los humanos. Y durante vastos eones, estas deidades vivieron aterradas por la posibilidad de que un día sus amos dejaran a un lado las imágenes sensibles, y les permitieran verlos tal cual eran, pues de hacerlo sus mentes sobrehumanas se romperían completamente.

En una "ocasión" (de nuevo, si es que tal cosa tiene algún sentido aquí), el Rey y la Reina quisieron crear algo más: un sucesor que ocupara su puesto, y que les venciera tanto en poder como en sabiduría. 

Ese sucesor estaba ya gestándose, formándose en el siniestro interior de su madre, cuando él finalmente intervino, apareciéndose a los dioses bajo el críptico nombre de Mikhael, para hablarles sobre otro Dios al que ya habían deducido con sus vastos intelectos: el más Grande Existente concebible. Y consigo trajo el Sello de Metatrón, un símbolo perdido entre las eras, bautizado así por su amo, "El Más Cercano al Trono". 

Con ese sello lograron derrotar a los invasores, y los expulsaron de la realidad, atraparon o simplemente pusieron a dormir en donde fuera que se encontrasen. 

Los dos Reyes sufrieron el primer destino, y a su sucesor se le separó de su propia inteligencia. Ahora, danzaban eternamente en torno a él el resto de sus familiares, que lograron escapar durante algún tiempo más, instalándose, como última fortaleza, en un mundo creado accidentalmente por el vasto idiota en el aborto que fue su nacimiento.

Le dijo, finalmente, que uno de estos seres iba a ser quien le hiciera justicia. Su nombre era raro. Tanto, que no le importó. Esta mujer debía estar un tanto desequilibrada por sus años en fuese cual fuese la secta de la que formaba parte. Su relato era interesante, pero, al mismo tiempo, tan rocambolesco que carecía de credibilidad. 

De todos modos, ya había llegado hasta allí. Bajaron del automóvil, y caminaron hasta la casa, pintada en un estéril tono gris, en cuya entrada la bruja abrió la puerta. 

Estaba oscuro aún cuando Sandra ingresó, y no tardó en escuchar el sonido de la puerta cerrándose... y después de eso, nada. Literalmente nada. 

Llamó un par de veces a su presunta benefactora, y no tardó en darse cuenta de que tal vez su exceso de confianza iba a pasarle una gran factura. Sabía lo que este tipo de gente era capaz de hacer, y había sido lo bastante tonta para jugársela aún así. 

Y entonces, ocurrió lo extraño. 

"Extraño" es la palabra más adecuada para definirlo, y la primera sensación que experimentó al notar como sus pies hacían un peculiar ruido al pasar. Como el de quien camina por las nieves del sur de su país, que tantas veces había visitado. 

No tardó en empezar a sentir mucho frío. Como si de repente hubiese entrado desnuda a un congelador gigante. Algo estaba mal. Y tal vez, se lo habían dicho incluso antes de que expusiera su corta vida al mal que ahora podría devorarla. 

Tiritando hasta los huesos, sus fuerzas no le alcanzaron para correr mientras las nieve empezaba a golpear su rostro. Cayó de rodillas con los ojos cerrados, orando por primera vez en meses a Dios para que salvara su vida. "No esta vez", fueron las palabras que resonaron en lo profundo de su psique, sin necesidad de sonido alguno. El Juez había dado su veredicto. 

Y nada podía replicar, pues sabía que esta era la forma de quebrantar su impresionante orgullo, y así salvarla. 

Mientras sentía cómo la vida se iba de su cuerpo, rogó a su Creador por el perdón. E inmediatamente después, en una última pulsión subversiva, su mirada se alzó al cielo.

Craso error, pues ahí estaba ese dios ciego y estúpido de quien se le había hablado, babeando mientras la mujer de las mil caras, ahora portando otra de ellas, acariciaba empleando su larga lengua alienígena la cabeza de su amo. 

jueves, 23 de febrero de 2023

Ave María, Reina Invicta: oración a la Santísima Virgen María



¡Ave María, Santa y Pura Fuerza Regente!

¡Ave María, joven judía rebelde y valerosa!

¡Ave María, valiente y confiada Esclava del Señor!

¡Ave María, Madre que acompañó y enseñó al Jesús Niño!

¡Ave María, Señora que cuidó de Él, y que confió en el Señor cuando, a Sus doce años, cualquiera hubiese llorado de angustia!

¡Ave María, que Le vio con alegría narrando Sus parábolas, sanando enfermos y echando fuera demonios!

¡Ave María, que le vio injustamente juzgado, crucificado y maldito, y que le acompañó en ese "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen"!

¡Ave María, que esperó confiada aún tras la misma Muerte de Su Salvador, esperando en el Señor, sin ceder al Samael que le tentaba!

¡Ave María, que supo de Su Resurrección, y asumió con alegría el encargo de ser Madre y Regente de la Iglesia!

¡Ave María, a quien el mismo Pedro, representante de Cristo, se sometió siempre con docilidad!

¡Ave María, la que murió en Antioquía tras décadas de encauzar la Obra de Su Hijo!

¡Ave María, Dulce Consuelo, Mediadora de todas las Gracias!

¡Ave, Inmaculada Concepción!

¡Ave, Madre mía, Quien me protegió y sanó incluso en esas rebeldías que, en Su Infinita Sabiduría, el Señor permitió para mí!

¡Ave María, a Quien acudí con confianza en mi angustia!

¡Ave María, ave, ave!

¡Ruega, Señora de Cielos y Tierra, por nosotros, para que seamos dignos de alcanzar las Divinas Promesas de Nuestro Señor Jesucristo!

¡Se, Señora, protectora mía en particular, para que, como la Iglesia Universal de la que eres Reina, no me aparte yo jamás del Camino del Señor!

¡Amén! ¡Así sea! ¡Gloria a la Reina Santa!

Beato Michaeli: oración a San Miguel Arcángel


¡Alabado sea Tu Padre, oh, Noble Arcángel del Dios Altísimo!

¡Alabada sea Tu Reina, oh Espada de María!

¡Benditos sean Tus Santos Súbditos, oh grandioso y humilde Príncipe celestial!

¡Tú que gritaste, "quién como Dios"!

¡Tú, nobilísimo Protector de Israel!

¡Tú que ejerces la Espada para corregir a los hijos rebeldes!

¿Quién como Tú, Mikhael, entre los ángeles?

¿Quién como Tú en la alegría del servicio a los santos, y a quienes están destinados a serlo? 

¡Tú, que Te humillaste ante Dios, y de Él recibiste la fuerza para vencer al coloso, al inimaginablemente grande Samael! 

¡Tú, que hiciste posible expulsar a los ángeles rebeldes!

¡Bendito y alabado seas, por la grandeza de Tu humildad!

¡Bendito y alabado seas, oh Mikhael, y tiemblen ante Ti las huestes infernales!

¡Se Tú, poderoso General de los Ejércitos del Altísimo, mi Protector y Guía, mi Luz en el camino de la batalla contra ese al que echaste fuera!

¡Se mi amigo y consuelo, dos roles que sé que asumirás con toda alegría, por estar Tú unido a la misma Naturaleza de Dios!

¡Glorioso Arcángel San Miguel, ruega por nosotros!

¡Santa María, envíalo a nosotros!

¡Todo esto Te lo pido en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, siempre Oculto y siempre presente Director Tuyo!

¡Amén!

viernes, 7 de octubre de 2022

El Juicio (cuento)

 Se oían aún, en la sala puramente blanca en que habitualmente lo hacían, los gritos desesperados de la mujer y las blasfemias de su marido mientras eran arrastrados por dos ángeles, bastante más fuertes y poderosas que ellos, hacia el fuego eterno preparado para todo hombre que se rebelase contra las normas de su Señora o que, dado el caso, no hubiese alcanzado el perdón de sus culpas. 

Sentada en su trono, Dios aún sonreía cruelmente con su mirada ardiendo de ira al pensar en lo que estos pobres desgraciados tendrían que sufrir por la eternidad, en aquella hoguera interminable ubicada bajo sus pies y plagada de desgarradores alaridos de dolor en que permanecerían por los siglos de los siglos, con las cómplices miradas de sus hijas como aval, que contemplaban con desprecio a estos repugnantes y perversos mortales que ahora pagarían por todas sus fechorías. 

La boca del marido profería a sabiendas los más terribles y desesperados insultos entre lágrimas, preocupándose únicamente por lo que su esposa habría de sufrir, cosa que Dios se había encargado deliberadamente de hacerle saber a fin de servir como antesala de su tormento. Le acusaba de cruel, despiadada e injusta, sabiendo incluso que tal cosa sólo añadiría formas adicionales de creativo tormento a su eternidad. 

En su mente, aunque tal cosa sólo profundizaba su perpetuo enfado, no era más que una confirmación de su eterna victoria contra sus enemigos. Después de todo, habían sido en su juventud fornicarios, se habían emborrachado en ocasiones y ella le había gritado a su madre -también en el Infierno para ese punto- en algún momento.  

Eso los hacía malvados, pues le habían rechazado y sólo merecían su ira. ¿Qué importaba si acababan de ser asesinados tras varios días de tortura por una despiadada mafia enraizada en el poder del país al que habían ido más de quince años atrás a ayudar a sus gentes a mejorar sus condiciones de vida? Se lo merecían. Nada debe quedar sin castigo. 

O bueno, al menos en general. Estaba siempre dispuesta a ofrecer una amnistía a quien creyese en ella, le reconociera como Señora y le implorara su perdón. Claro, además debían creer en sus profetisas muertas hace siglos y ahora eternas pobladoras de su Edén, de las que se podía cuestionar su misma existencia o credibilidad sin mayores problemas. Pero era lo que le debían ¿No? Habían quebrantado sus leyes, y tenía derecho a tomar represalias a la altura. 

En cuanto los gritos dejaron de ser audibles y las compuertas del Averno se cerraron, Dios ordenó la llegada del siguiente sentenciado, mientras arremolinaba con sus dedos sus largos cabellos blancos como de anciana, que coronaban su cuerpo eternamente joven. 

Inmediatamente Modeus, su ángel de la muerte, abrió la puerta mientras otras dos de sus hijas, Shemiaza y Anael, conducían entre cadenas al réprobo, quien como siempre estaba para ese punto consciente de su sentencia. 

Dios volvió a sonreír maléficamente humectando con su lengua la hilera de dientes perfectos con que solía hacerlo. Pero pronto su actitud cambió de principio a fin. Algo estaba mal. 

Seguramente se le había informado de lo que pronto le ocurriría. ¿Por qué entonces no lucía ni una pizca de preocupación'? ¿Por qué le miraba con tamaña confianza, como quien se sabe derrotado pero no teme a su furibundo enemigo? 

Le contempló embobada durante algunos instantes, sin saber cómo reaccionar. O estaba completamente loco o era dueño de una extraordinaria fortaleza psíquica. 

Finalmente se dio cuenta de que sus hijas le miraban y, temiendo desautorizarse, se acomodó rápidamente en su silla intentando disimular como podía el exabrupto. Aclaró su garganta con tales fines, y procedió a hacerle a Amenatrón, su ángel asistente, unas nada discretas señas para indicarle que el proceso iba a iniciar en cuanto se percató de que no reaccionaba. 

-Eh... -dijo, evidenciando nuevamente su extrañeza para luego continuar, esforzándose por sonar tan imponente como siempre - ¿Cuál es tu nombre? 

-Graum Xana- respondió él sin dudar, y mirándole con rostro pétreo e implacable-. 

Dios escuchó a las presentes gemir de sorpresa y murmurar entre sí al contemplar tan extraño gesto de entereza que ni ellas mismas serían capaces de acometer. No tardó en notar que estaba sudando frío. Nunca nadie le había desafiado a ese modo en todos los milenios desde que creó el mundo acuciada por su necesidad de atención, de la que desconocía su origen, pero que siempre le acompañaba. 

Se sentía incómoda. Sometida. Atemorizada. El percatarse de esto último sólo despertó nuevamente su ira. ¿Cómo podía sentir miedo de un impotente mortal ella, que había hecho el mundo entero en seis días? El sentimiento de humillación le motivó a mirarle con rostro amenazante en un intento por inquietarle a él también, sin lograr una pizca de lo que esperaba. Cosa que sólo incrementó su incomodidad, exaltando todavía más su rabia. 

-Bien. Que inicie el juicio de este inmundo para ver cómo le haré pagar todas y cada una de sus abominaciones. 

-Adelante- respondió el objeto de sus dichos, provocando que tanto ella como sus hijas abrieran los ojos como platos, cada vez más desconcertadas-. 

Dios se sintió nuevamente anonadada, y esta vez simplemente no pudo callar. 

-¿Tienes idea de quién soy yo?- preguntó con el tono más deliberadamente petulante que pudo lograr. Eso siempre funcionaba cuando debía asustar a un mortal... o a sus hijas, dado el caso. 

-Eres Dios- respondió él-. La creadora del mundo y del hombre, invencible para cualquier otra criatura. 

-Chico listo- volvió a decir ella, cada vez más ofendida-. ¿Y tienes idea de que voy a hacer que tu piel se derrita en el fuego para luego ocasionar que crezca nuevamente por toda la eternidad, mientras estás rodeado de todos tus seres queridos que hicieron la misma estupidez que tú al desafiarme? 

-Nadie te lo impide- volvió a hablar Graum con su tono frío y sereno, ocasionándole nuevamente un pico de temor cercano al pánico.

¿Quién podría venir detrás de él? No podía estar haciendo esto a solas. Tenía que haber alguien ayudándole, pero ¿Quién? Sólo sus hijas podrían, y les había atormentado hasta el punto en que les aterrorizaba con sólo mirarlas. ¿Y si venía de fuera? ¿Podría haber algo superior aún a ella? No, era imposible. Se había creado a sí misma ¿No? O al menos... eso se había hecho creer. 

-Y ¿Sabes qué?- respondió el ahora desafiante humano, mirándole con una sonrisa que, en lugar de expresar odio o sadismo, era más bien condescendiente e incluso compasiva, lo que sólo le anulaba aún más- Te perdono. 

Esto era simplemente demasiado. Sin duda la peor blasfemia que jamás alguien había proferido en su rostro. 

-¿Perdonarme?- habló Dios indignada- ¿Perdonarme tú? ¿Un humano? ¿Una de esas inmundicias asquerosas hechas de barro que no valen ni una pepita de cobre partida al medio? 

-Veo que no nos amas tanto como dices- volvió a decir, retomando su rostro serio e impasible-. Bueno, en realidad es una imprecisión. Siempre lo supe. 

Definitivamente esto se estaba saliendo de control. Él, de algún modo, la había descubierto. No supo que decir, aunque buscó con todas sus fuerzas alguna forma de zafar sin quedar aún peor ante sus hijas, de las que ahora muchas más se habían reunido para ver el espectáculo.

-Eres una mentirosa cruel y despiadada, Loristol. Eres sólo eso. 

-¿Cómo te atreves a hablarme así, maldito pedazo de mierda?- respondió furiosa. Que la insultara así era de esperarse, pero el tono en que lo hacía le resultaba abrumador, y que utilizara su nombre para ello, de lo que los mortales eran, por su propia inferioridad, siempre indignos, resultaba inaceptable. 

-Pensé que ibas a dejar la maldición para cuando me lanzaras al fuego eterno. Y ese improperio... no es muy propio de una deidad ¿O sí? Creo que fuiste tú quien nos prohibió hablar de ese modo. 

Ella le miró rabiosa, más él no le dejó decir siquiera una palabra. 

-Estás muy nerviosa. ¿Por qué no te relajas? Tal vez en el fondo sabes que digo la verdad, y eres sólo una insegura necesitada de atención que se ofende fácilmente y con problemas de autocontrol. 

-¡Cállate, maldita sea!- gritó Dios, mientras levantaba su brazo, ante lo que Modeus procedió a golpearle con fuerza en el estómago, haciéndole caer de rodillas al suelo- Maldición Amenatrón, ya dime lo que hizo. 

-Pues, aquí leo que de joven era un ladrón drogadicto que estuvo en la cárcel por asesinar a sangre fría al empleado de un comercio que asaltó para pagar sus narcóticos. El tipo sólo intentaba ayudarlo. Está en el Infierno ahora. Tal vez eso te sirva- respondió el ángel leyendo apresuradamente el libro bajo sus ojos-. 

-¡Ajá!- dijo Dios, retomando su seguridad- Con que eres un ladrón adicto y asesino. ¿Y así tienes el atrevimiento de desafiarme? No perdoné ni siquiera al que intentaba ayudarte. ¿Crees que tú mereces otra cosa? 

-Sin duda no- respondió el reo desde el suelo-. Soy efectivamente un ladrón y asesino de un hombre noble e inocente, que cayó en las drogas por su propia arrogancia e irresponsabilidad, a pesar de las súplicas desesperadas de su madre. No merecí entonces nada más que repudio y castigo- contestó él logrando, una vez más, desconcertarla con su juicio certero y, ante todo, sincero. Esto le otorgaba cierto aval adicional, pero también le hacía sentirse amenazada otra vez, sabiendo que pronto golpearía de nuevo-. Pero dime algo, Dios: ¿Mereces tú otra cosa? 

La pregunta final fue un golpe demasiado duro a su indescriptible orgullo, pues le ponía de un modo -ante sus ojos- por demás ilegítimo a la altura de sus criaturas. 

-Cállate de una vez o seguiré aumentando tu castigo- volvió a amenazarle-. 

-Respóndeme -insistió en tono autoritativo su interlocutor, de un modo tan imponente que por un breve instante se sintió casi forzada a obedecer-. ¿Mereces algo distinto que yo siendo que tú eres peor?

Intentó abrir la boca para hablar y él la interrumpió antes de que siquiera brotara una letra de su lengua. Pretender que estaba bajo control era cada vez más implausible. 

-No engañas a nadie, Lori: te has dedicado desde el inicio de los tiempos a atemorizar a la gente porque te sientes muy poca cosa por motivos que no están claros. Crees estúpidamente que así te has vuelto grande y has logrado que te veneren, pero en realidad sólo te temen y simulan amarte para que no les hagas daño. Y todo al precio de corromperte. Uno no puede vivir queriendo el menor bien sin consecuencias ¿Sabes? El que quiere menos se hace menos, pues su deseo es parte de él. Lo aprendí en la cárcel de parte de un hombre sabio. Estimo que aún vive puesto que tu reacción me dice que no has tenido que enfrentarle todavía. Yo le hice caso y viví en adelante de la mejor manera posible. Enfrenté a gente casi tan mala como tú y sufrí las consecuencias. ¿Crees que vas a asustarme? ¿Que voy a inclinarme ante ti al precio de renunciar a toda la grandeza que conseguí, traicionando a mi especie y consintiendo tus crímenes siendo que además ya elegiste mi sentencia?  Te aviso, por si no te has dado cuenta, que no: no te voy a dar el lujo de quitarme lo que realmente tiene significado. No lo vales. 

-¿¡Que no lo valgo!? ¡Tú no vales nada! ¡Eres un gusano infeliz hecho de barro y bueno para nada!

-Tal vez- respondió él-. Soy humano. No podemos hacer lo que tú haces. Pero aún así he sido perfecto hasta donde pude y tú no. Con todo tu poder, eres patética, y siempre voy a estar por encima tuyo porque tú así lo quieres. 

-¡Maldito! ¡Al fuego eterno ahora!- gritó finalmente, golpeando la mesa con su puño cerrado. De tanta rabia (en realidad una reacción animal, propia de quien se ve acorralado) no había sido capaz ni de repetir por infinitésima vez la mucho más pomposa y cruel frase habitual. Semejante arrebató de ira le humilló instantáneamente y provocó que se enfadara aún más. Pero sólo hasta que él volvió a abrir su boca por última vez. 

-Bien- dijo mientras los dos ángeles, dudosos, comenzaban a arrastrarle-. Pero te advierto algo: acabas de demostrar debilidad ante tus hijas. Tú no eres omnipotente. Eres, en realidad, una adolescente desquiciada eternamente melodramática sin escrúpulos. Ahora lo saben, y estoy seguro de que alguna debe sentirse incómoda por todo lo que has hecho, contra ellas y, tal vez, contra nosotros. Ten cuidado. Trata de remediar tu error antes de que sea tarde, o podrías pagarlo muy caro. 

Esta vez, Dios no dijo nada. Sólo le miró pálida y con ojos temerosos hasta el extremo, sintiéndose una tonta: este hombrecillo la había engañado. Tal vez ahora sí estaría en problemas. Sin duda tendría que tomar nuevas medidas para mantenerlas a raya. 

-Tal vez incluso así no te perdonen. Yo abandonaría el trono ahora que puedes hacerlo si estuviera en tu lugar, y me escondería donde no puedan encontrarme. Qué te digo, Lori: debiste ser una buena chica. Te deseo sinceramente lo mejor. No te guardo rencor, pero estoy seguro de que soy más bien una rareza en esta sala. 

Y así, sin lucha ni muestras de temor, caminó él hacia el Infierno, sin que Shemiaza ni Anael tuvieran que esforzarse. Como si hubiese hecho todo lo que deseaba y ya nada más le importara. Tal vez efectivamente era así. Pero Dios no estaba tan tranquila ni por asomo. 

La compuerta se cerró después de que le arrojaran sin que él dijera ni una palabra más. Sus hijas ahora la miraban incrédulas, sin saber si era hacia ella, la situación que acababan de testificar o ambas. Intentó mantener la compostura, haciendo como si nada pasara. No pudo. Se le notaba insegura, y lo estaba. No fue capaz de pedir que le trajeran al siguiente reo, y decidió concluir la sesión hasta el día siguiente. Los demás deberían esperar en el Limbo. 

A paso veloz, bajó de su trono, cruzó la puerta de su reino ubicada a un lado y atravesó los jardines en que sus súbditos se inclinaban al verla pasar, con rostros antes sumisos que devotos. Él tenía razón. Nadie la quería realmente. Sólo le tenían pánico. 

Pánico que, mientras subía las escaleras en dirección a su habitación en la cúspide de su palacio de oro puro, no hizo más que crecer en su propio corazón pese a sus esfuerzos. Esto era nuevo para ella. Y no le gustaba.

Ahora debía sentir una fracción de lo que habían experimentado sus numerosísimas víctimas. En esto reflexionaba cuando finalmente atravesó la puerta custodiada por una estatua antropomórfica viviente de dos metros de altura que, para más inri, no tardó en preguntarle por primera vez si estaba bien, a lo que no respondió. No podía mentir de una manera tan obvia. 

Cerró con fuerza la puerta tras de sí y se sentó en su cama, llevándose las manos a la cara, primero por la angustia y el miedo pero luego, cuando sus pensamientos llegaron a su culmen, por una sensación jamás experimentada y a la que no podía siquiera dar nombre. 

De repente se sentía mal por los humanos. Y no sólo eso: se sentía mal con ella misma, con sus actos, como si estuviera sucia de algún modo. Realmente había hecho algo horrible y lo había sabido siempre, pero sólo ahora se veía obligada a prestarle atención.

Rechinó sus dientes por el exceso de emoción. Realmente ardía de ganas de cambiar de proceder, pero... no, no podía. Si lo hacía estaría admitiendo su terrible equivocación, y podría estar firmando su sentencia de muerte... o de algo peor. No era de ningún modo una opción siquiera ser más suave en adelante. Tenía que ser más dura que nunca aunque su conciencia la desgarrara por ello. Especialmente con... sí, debería aunque no quisiera. Ahora ellas eran una amenaza. La primera real en toda su vida.  

-Una lástima- susurró para sí misma, intentando persuadirse de su propia dominancia a fin de facilitarse lo que planeaba-. Las amo. Pero ahora son el enemigo. 

Y sin sospecharlo, con tales palabras selló su destino. Pues sin que se diera cuenta, desde la ventana más cercana alguien le escuchaba discretamente. 

Era su hija mayor, quien ahora veía con claridad todo lo que nunca había querido ver: ella le había mentido. No era quien decía ser. Mijael decía la verdad. 

Recordó entonces las palabras de aquella entidad más allá del tiempo y del espacio, que aún así era de un tamaño inimaginable, durante su último sueño.

"Es curioso" -dijo sin hablar, comunicándole directamente sus pensamientos- "a menudo pareciera que Nuestro Padre tiene un peculiar sentido de la ironía a la hora de arreglar estas situaciones. Serás la heroína de una historia al revés. Sí, definitivamente llegarás a ser justa, Lucifer". 

miércoles, 28 de septiembre de 2022

Fuentes del video sobre QNTLC

Biografía del Padre Javier Olivera Ravassi: https://es.metapedia.org/wiki/Javier_Olivera_Ravasi


Defensa de las terapias de conversiónhttps://www.youtube.com/watch?v=JEoqxHr8EtE&t=2104s


Negacionismo de los crímenes de la dictadura (con José D'angelo): 

https://www.youtube.com/watch?v=FGzcgl_Z3Ig


Chinda Brandolino y la vacunación: https://www.youtube.com/watch?v=BXrhQm-NP6I

  Mentiras antivacunas

     Chequeado: "Son falsas las afirmaciones de Chinda Brandolino sobre el coronavirus [...]"

     Chequeado: "Por qué las vacunas contra el coronavirus no pueden modificar los genes[...]

     Chequeado: "¿Quienes son los 'Médicos por la Verdad' [...]?"

 Consecuencias de su perfidia

     abc.es: "Los antivacunas y el turismo resucitan enfermedades «fantasma» [...]"

     La Tercera: "Los casos de enfermedades "muertas" que reaparecieron [...]"


Negacionismo de la evolución de las especies: https://www.youtube.com/watch?v=fRQPuJW1Vvo


Raymond Diocrès y San Brunohttps://www.youtube.com/watch?v=SNr8d0f8ruc


Mafia de San Galo: https://www.youtube.com/watch?v=NuzV4zdAgpU


"Infiltración masónica" según Charles Murr: https://www.youtube.com/watch?v=suA5o2sbNTY&t=8s


Personajes infames

        Agustín Laje Arrigonihttps://www.youtube.com/watch?v=pW3ecRlaBwY&t=2s

       Nicolás Márquez Noriegahttps://www.youtube.com/watch?v=hHDSC18JF6E

       Juan José Gómez Centuriónhttps://www.youtube.com/watch?v=QuHoq3bNSN4

       Pablo Muñoz Iturrieta (no es infame por ahora)https://www.youtube.com/watch?v=vfFnJlfwDF0

       Rafael Díazhttps://www.youtube.com/watch?v=gVS2ydNqdiA

       Luis Románhttps://www.youtube.com/watch?v=mwjGM5w6d_Q

       Fernando Cassanovahttps://www.youtube.com/watch?v=_whHh4CB8fA

Dictadura militar de 1976: todas las fuentes en mi video "¿Fueron 30.000? Respuesta a Delfina Wagner"

Ineficacia y peligrosidad de las terapias de conversión para personas LGBT: todas las fuentes en mi directo "La homosexualidad NO se cura". 


Masonería:

    Rivalidad entre continentales y anglosajones
            "More squabbles in the irregular world"  

           [Nota: tan feministas que no permiten mujeres. Curioso para un conspirador marxista...]

    Proscripción de la masonería en la URSS: "Los Protocolos de los Sabios de Sión y la Conspiración Masónica Judía Mundial"

           [Nota: está en ruso. Usar traductor automático de Google haciendo click derecho]

    Masonerías rivales en la historia mexicana: "La francmasonería en México", por la UANL.

    Los masones no hablan de política o religión en sus reuniones

            Quora: "When did Freemasonry ban members discussing politics and religion in the meetings?"

           [Nota: curioso. Adam Weishaupt fue expulsado por hacer precisamente eso. Luego fundó los Illuminati de Baviera en 1776.... ]

        The Provincial Grand Lodge of Gloucestershire

         https://www.glosmasons.org.uk/politics-and-religion


La última paradoja (cuento)

 Cuando viste mi Luz, más brillante que mil soles y que de algún modo no hería tus ojos, supiste de inmediato lo que sucedía, y tuviste mied...