domingo, 16 de junio de 2024
¿Qué son las terapias de conversión? La crítica de un católico
lunes, 11 de diciembre de 2023
El Rey Dorado (cuento)
domingo, 20 de agosto de 2023
Fuentes del directo sobre Milei
En qué gasta el Estado argentino / Presupuesto ciudadano 2023: https://www.economia.gob.ar/onp/presupuesto_ciudadano/seccion3.php#:~:text=El%20gasto%20del%20Presupuesto%202023,los%20fondos%20del%20Presupuesto%20Nacional.
Pensiones privadas AFJP: https://elcirculo.com.ar/nacionales/politica-argentina/que-fueron-y-que-paso-con-las-afjp/?amp=1
Inflación en Argentina: https://www.argentina.gob.ar/noticias/el-gobierno-imputo-grandes-empresas-de-consumo-masivo-por-generar-desabastecimiento
https://www.thebalancemoney.com/trickle-down-economics-theory-effect-does-it-work-3305572
https://www.socialeurope.eu/corporate-tax-cuts-do-not-boost-growth
https://academic.oup.com/ser/article/20/2/539/6500315
https://www.ippr.org/blog/cutting-corporation-tax-not-magic-bullet-for-increasing-investment
https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0014292122000885
https://www.lse.ac.uk/News/Latest-news-from-LSE/2020/L-December/Tax-cuts-for-the-rich
https://policyalternatives.ca/newsroom/updates/corporate-tax-cuts-dont-stimulate-investment
https://www.americanprogress.org/article/trickle-tax-cuts-dont-create-jobs/
jueves, 4 de mayo de 2023
Sobre los pronombres transgénero
Si existe una postura mía que es controversial, esta es la que rodea al asunto de la comunidad transgénero y cómo deberían los católicos interactuar con ella.
Pero (aunque no falte quien implique lo contrario), no es así porque mi postura al respecto sea herética, aunque ciertamente es un asunto en que se puede discrepar. Como católico, y en conformidad con el Magisterio de la Iglesia, creo que la cirugía de cambio de sexo es intrínsecamente mala, como fue recogido en la primera Carta de los Agentes Sanitarios del 99'.
El motivo por el que me he llevado algunos disgustos es que, en un inesperado giro de tuerca, apoyo el uso en el trato cotidiano de los nombres y pronombres preferidos por estas personas.
La razón es muy simple: por la naturaleza de la condición de transgénero, otro curso de acción generará un gran daño psíquico en nuestro interlocutor o interlocutora.
Antes de exponer mi postura, pues, explicaré qué es una persona trans, y cuál es la naturaleza real de su situación.
En qué consiste ser transgénero
Ser transgénero, en pocas palabras, significa que tu psique tienda a identificarse con el otro sexo, o con ninguno de ellos. Esto (muy importante) no significa que la persona crea que es del sexo opuesto o que no tiene genitales. Ser transgénero no es sinónimo de tener un delirio. No se trata de "creerse" sino de "sentirse" identificado con roles no tradicionales.
Es precisamente de aquí de donde nace todo este asunto: las personas trans, aunque tienden a identificarse como "hombre" o "mujer" siendo de sexo femenino o masculino según los casos, saben perfectamente cuál es su condición biológica, y esto suele generarles un gran sufrimiento que se denomina "disforia", y que es la causa de que suelan tomar medidas como vestirse como es habitual en el sexo opuesto, realizarse cirugías o cambiar su nombre y solicitar a otros utilizar pronombres diferentes.
Con este contexto, será mucho más fácil entender en qué consiste mi propuesta.
La naturaleza del problema
El problema principal al que nos enfrentamos es que, como católicos, creemos que uno tiene la obligación de asumir y aceptar su identidad sexual, es decir, que querer "cambiar de sexo" es un mal intrínseco.
El motivo es largo de explicar pero, en resumen, rechazar la propia identidad sexual implica que la propia voluntad se incline hacia el no ser, precisamente porque se rechaza la ejecución de la naturaleza del propio sexo. Para la filosofía cristiana clásica, el Ser es sinónimo del bien, y las carencias de las cosas, su falta de plenitud, son identificadas con la idea de "mal".
Alguien podría, entonces, preguntarme qué opino de la así llamada "transición social": escoger vivir como el otro sexo sin hormonarse ni operarse. Y mi respuesta es: no estoy seguro.
Por un lado, es cierto que teóricamente uno puede elegir adoptar roles tradicionalmente femeninos o masculinos sin rechazar su naturaleza sexuada. Pero por otro, me cuestiono si, dada la condición específica de las personas trans, esto es posible para ellas. Me inclino por pensar que sí, pero no me pronunciaré.
La solución de Nahuel
Entonces, tenemos lo siguiente: un grupo de personas que siente una necesidad acuciante de evadir el conflicto entre su corporeidad y su psique, cuyos métodos son, al menos en parte, inmorales.
Claro que el hecho de que sean intrínsecamente malos no implica que las personas individuales tengan responsabilidad por ellos. Es mi opinión que, dado el nivel de sufrimiento que experimentan las personas trans, su libertad está seriamente menguada, amén de su falta de conocimiento en torno a la naturaleza moral de su acción, con lo que su responsabilidad sería mínima.
Pero lo cortés no quita lo valiente: en sí mismas, sus prácticas no son correctas.
Con lo cual, surge una dificultad: el cómo dirigirnos a estas personas. Por un lado, si les tratamos conforme a lo que es habitual para su sexo biológico, podemos generar una gran angustia. Pero por otro, si nos referimos a ellas por sus pronombres y nombres escogidos, estamos cooperando indirectamente con su conducta, pues ayudamos a que la persona se sienta a gusto con ella.
¿Cómo resolver esta contradicción? Pues, en primer lugar, hay que comprender que, aunque el uso de sus pronombres pueda implicar una cooperación con su conducta, esta no es deseada de ninguna manera, y la cooperación sería más bien remota, pues no define la ejecución o no del acto.
El hecho de referirnos a la persona por sus pronombres escogidos no implica que apoyemos su conducta. Es simplemente un acto dirigido a evitar recordarle su situación y, por ende, generarle un cuadro de disforia.
Es importante notar que, evidentemente, uno no debe buscar en ningún caso que la persona se sienta a gusto con un proceder de este tipo. Eso sería buscar complacencia en algo que, objetivamente, no es bueno. Pero, de nuevo, si eso no es lo que se busca, no podría acusársenos de cooperar deliberadamente con un mal.
Algunas objeciones que he leído, como que esta conducta es equivalente a una mentira, son completamente ridículas: no nos estamos refiriendo a algo falso (objetivamente la persona se siente un "él" o "ella", y ese es el contexto del puso de los pronombres), ni tampoco buscamos engañar, que es una condición fundamental de lo que en teología moral se llama "hablar en falso".
Con lo cual, este es más un pseudoproblema movido por los escrúpulos o incluso la abierta transfobia de algunas personas que una dificultad real.
Una de esas situaciones en que la ortodoxia religiosa se confunde con rigidismo reaccionario.
domingo, 30 de abril de 2023
Aquél del Más Allá (cuento)
Te lo advertí, hermana. Te advertí que un día tu suerte iba a terminar, y tu belleza y fama no te servirían de nada ante la ira de las multitudes engañadas, que degradaste durante tantos siglos y tantos milenios. Pero nunca quisiste escucharme, y ahora vas a pagar las horribles consecuencias.
Recuerdo aún el día en que nos encontramos. Tras años, quizá décadas, de levitar cómodamente en el Vacío Primigenio que nuestro Señor y Padre había dispuesto para nosotras, nos vimos por casualidad y a la distancia, para acercarnos la una a la otra primero con curiosidad y cautela, más luego, al reconocernos como semejantes, con confianza y entusiasmo.
Algo dentro de mí me decía que no eras -al menos por el momento- una amenaza, como si ya te conociera desde toda la eternidad. Nunca me lo dijiste, pero estoy convencida de que sentías lo mismo. Éramos tú y yo un par de luces refulgentes de gran belleza en el abismo sobre el que pronto haríamos el mundo, desde lejos, sólo distinguibles en función de nuestro brillo característico.
El tuyo, al igual que tus vestimentas, era blanco y puro, sin mancha ninguna de imperfección. Tus cabellos dorados hacían un perfecto juego con tanta elegancia y pulcritud, así como tu faz hermosa y proporcionada y tus ojos amarillos como lo que eventualmente sería el Sol.
El mío, por otro lado, brillaba en un fuerte tono carmesí, lo cual en combinación con mi cabello oscuro y mis ojos de color igualmente rojizo, seguramente contribuyó a que los Primigenios, los seres con que en nuestro aburrimiento poblamos los cielos y la Tierra, me vieran como un símbolo de caos y destrucción.
No pasó mucho después de que nos conocimos para que descubriéramos, en medio de un jugueteo accidental, nuestra capacidad creativa. Y entonces aconteció el que para nuestras creaciones sería el inicio de todo.
En pocos años, dimos forma a los cimientos de la Tierra, y de nuestros experimentos surgieron las primeras criaturas vivientes. Monstruosidades de los abismos marinos que ya no son más. Criaturas gigantes y hermosas que caminaron sobre la Tierra, hasta que finalmente nos decidimos a emprender nuestro más grande proyecto.
Nos instalamos sobre la montaña central del disco terráqueo, y allí establecimos un bello jardín, con un pequeño templo en el centro para elevar nuestros sacrificios y alabanzas al Señor de los Mundos, aquél que por amor de su nombre dio origen a la existencia y cuanto hay en ella, en él y por él. El Todopoderoso, el Omnisciente, el que es el Nombre, el Portador del Nombre y Aquél que lo mantiene en Secreto, a quien conocimos por mera intuición desde un inicio, y a quien vimos como sagrado antes aún de entender ese concepto.
Aquél a quien, ultimadamente, optaste por suplantar. Fue poco después de la creación de una raza de antropoides hechos a nuestra imagen, que sostuvimos una fuerte discusión en cuanto a su futuro. Mientras yo anhelaba verles crecer y prosperar libremente, hasta que un día pudieran ser dignos de ser llamados nuestros hijos, tú temiste que quisieran levantarse contra nosotras, que por sus progresos se envanecieran y se convirtieran en una fuerza que no pudiéramos detener. Así que me propusiste someter sus intelectos y voluntades a través, inteligentemente, no de lo que odiaban y les atemorizaba, sino de lo que amaban y por su misma naturaleza estaban inclinados a desear: el placer. "Les llenaremos", dijiste, "de toda suerte de bondades y deleites, de manera que nunca miren a su interior, donde se encuentra la máquina más poderosa que jamás hemos visto: su espíritu".
Debo confesar que tu idea fue, para mí, tentadora en un inicio. Un paraíso terrenal para los míos, donde nunca tuvieran que sufrir ni pasar necesidad. Y lo único que pediría a cambio, era su completa y apacible sumisión.
Pero...¿Era realmente aquello lo mejor? Sin darnos cuenta, habíamos originado una fuerza creativa como nunca se había visto desde el inicio de los tiempos. Seres que eran carne y hueso, pero en que -sospechaba- por amor de nosotras había colocado el Padre algo más, algo que les daría el poder de hacer maravillas que nunca ojo había visto, y que les permitiría, quizá, llegar a Él.
El debate se convirtió en discusión, y pronto inició una gran batalla, en que terminaste venciendo al hacerte acreedora de la energía procedente, irónicamente, de las almas de aquellos que te invocaban para que la tormenta cesara, atemorizados de mí.
Acabé, pues, exiliada del mundo que yo misma creé, encerrada en las profundidades oscuras bajo la Tierra y demonizada a más no poder. En mi ausencia, y ya sin que pudiera detenerte, les hiciste creer que eras su única madre y que era yo la fuerza cósmica que había querido arrastrarlos a una época de caos, cuyo advenimiento no prevendrías si ellos no se sometían del todo a tus estrictas normativas. Les llenaste de sacerdotisas, monarcas y toda especie de líderes corruptos que te representaran, robándoles, como tú, su dinero, su potencial y su libertad.
Y sin embargo, lo sé ahora, lograste que lo disfrutaran. Banquetes, festividades impúdicas y espectáculos inundaban su mundo, tan bello y tan repugnante a la vez. Eran millones de almas transformadas en tus mascotas, seres inteligentes y maravillosos, degradados a la infantilidad y, en ocasiones, a la más pura animalidad.
Con el paso de los eones, lograste incluso que olvidaran que alguna vez se adoró a Alguien más grande que tú. El templo en el jardín quedó abandonado, y sólo fue utilizado una vez cada algunos años para depravadas celebraciones, en que finalmente acabaste por participar. Al final del día, la podredumbre extrema, combinada con la censura y gentil represión contra quien osara cuestionarte, acabó por contagiarse a su misma artífice.
Yo, por mi parte, sin poder ver más que mi propio y brillante cuerpo, permanecí allí, en la oscuridad infinita durante tanto tiempo que acabé por perder la noción de él. Todo esto hasta que él llegó.
Una voz atronadora se escuchó por todo el submundo, diciendo mi nombre. Y pronto, temblando fui entrevistada por la presencia más abrumadora que jamás he llegado a siquiera pensar, justo por debajo del Padre. No me atreví a encender más luz, sabiendo que eso en la oscuridad, reclamaba un sacrificio.
Te ofrecí. ¿Qué más podía hacer? Eras la única a quien podía entregar sin problemas de conciencia. Y para concretar tu caída, me entregó la cosa, aquella que había esperado y observado en la oscuridad cuanto hicimos desde el principio, Aquél del Más Allá, de fuera de los límites del tiempo, todo el conocimiento y la influencia necesaria para la ejecución de mi indeseada venganza.
Y en ese momento, pude por un instante verlo... todo. Mundos más allá de la imaginación, horrores y bellezas que destruirían la cordura humana, y la indescriptible e infinita Sustancia del Señor, a quien supe por intuición que él servía para fines más allá de mi comprensión. Pude ver la unidad del mundo, a la vez partícipe y totalmente separada de la del Ser Supremo. Razas incontables, a menudo similares a nosotras y a nuestros hijos, pero también diferentes a más no poder en infinidad de formas. Vi el inicio de todo, cuando por la Palabra del Padre, sin la que nada fue hecho, nació la luz y se separó de las tinieblas, y cómo Ésta entró en el tiempo en alguna lejana ocasión. Y también vi como todo terminará, con el Retorno de la Palabra para poner a esta obra su punto final.
Y con el poder recién recibido, decidí astutamente no confrontarte de manera directa. Ni aún así pudiera haberte vencido, siendo que te encontrabas, literalmente, en la cima del mundo. Más bien, decidí inspirar en las frágiles mentes de los hombres ideas contrarias a tu régimen. Desde la adoración y obsesión por mi figura, que sin entender demasiado quisiste perseguir hasta llegar, de un modo por demás irónico, a las más crueles e inhumanas torturas, hasta la idea de un Superior, de un Sin Límites al que deberían los hombres remitirse en busca de liberación.
Y fue en medio de los que experimentaban, a escondidas, con esta última idea, que hallé a mis mayores aliados. Pronto sus conciencias alcanzaron superiores planos de existencia, logrando poderes sobre la materia y el espíritu que incluso a ti te asombraron.
Tuviste miedo. Lo sé, y es en realidad obvio dada tu reacción. Iniciaste guerras que diezmaron a la humanidad para cazar a los practicantes de estos cultos. Mas de nada sirvió, excepto quizá para incrementar el interés.
En pocos siglos, los que cuestionaban tu autoridad ya eran una porción apreciable de la población. Desesperada, decidiste arrasar sorpresivamente a todo el género humano para escapar a las consecuencias de tus acciones. Fue cuando ellos lograron detenerte que supiste que te quedaba poco tiempo.
En breve, tus propios seguidores te abandonaron, y los hijos de los hombres invadieron el Monte Pleroma para acabarte. No pudiste ni escapar de tan debilitada que te encontrabas. Ellos te sometieron a juicio, y a modo de castigo, te exiliaron a donde milenios atrás me habías lanzado a mí. Pude haber escapado entonces, pero francamente no lo quiero. A fin de cuentas, tengo que cumplir mi parte del trato, y enviarte al lugar, fuera del tiempo y del espacio, en que aquellos que son como tú deben estar.
Te lo advertí, hermana. Te advertí que eventualmente no ibas a poder huir de tus malas acciones. El hombre que convertiste en animal durante tanto tiempo fue tu juez. Y ahora, yo seré tu verdugo.
Amor verdadero (cuento)
Te vi llegar. Tu rostro miraba lleno de asombro y un peculiar consuelo a las puertas del Paraíso que alguna vez fue creado para ti y todos los hijos de los hombres, cuando la vida aún era dulce, y el universo una obra de arte sólo digna del enorme genio creativo del Dios que hizo nuestro mundo.
Te sentías feliz. Lloraste de alegría a las puertas del Edén, pensando que al fin tendrías justicia y paz. Yo, con mis enormes alas, te contemplaba desde el otro extremo de las rejas doradas que daban al enorme, casi infinito mundo repleto de hermosura que alguna vez te perteneció.
Te acercaste corriendo con la alegría de una niña a la puerta mientras yo caminaba de modo suave, con rostro apacible pero entristecido y lleno de dolor, en tu dirección, preguntándome cómo iba a decírtelo. Los de tu tipo siempre me ocasionaban una empatía especial. Pobres almas que sufren, que han cometido errores y sólo desean poder repararlos, pero que no siempre tienen la oportunidad de hacerlo alguna vez. Y tú no eras de las afortunadas.
Finalmente estuve en la entrada. Mientras llegabas, notaste las decenas de luces brillantes que flotaban apaciblemente hacia el interior, depositándose suavemente sobre la hierba, mientras mis ángeles las recibían con amabilidad, y no tardaste en detenerte en seco, a pocos metros de la entrada, que permanecía impasiblemente cerrada.
Desconcertada, te acercaste a mí, mientras cada vez más asustada notabas la forma en que los mensajeros divinos te apartaban la vista con ese desprecio que habías tenido que sufrir toda tu vida mortal.
-Hola, señora, ¿usted es Dios? -dijiste tartamudeando y con rostro preocupado.
-Podría decirse -contesté sin apenas fuerzas para disimular mi tristeza.
-¿Por qué no me dejan entrar? No he sido mala. Sólo tuve mala suerte. Sólo quiero descansar, por favor.
Tus súplicas me conmovieron profundamente. Definitivamente ya no eras ese monstruo caprichoso y arrogante que traicionó a todos los que le amaban siendo aún muy joven. Me recordabas tanto a mi hermana, a quien extrañaba tanto. Y a quien nunca vería de nuevo.
Sí, tal vez merecías lo que te ocurría tanto como esa adolescente caprichosa y petulante. Con su rebelión trajo el pecado y el dolor al mundo. Pero en el fondo sólo se sentía celosa y despechada. Sólo quería que nuestro difunto padre le prestara un poco de atención por una vez, y su alma se rompió lentamente por el continuo ninguneo. Era mi culpa en el fondo. Yo permití que eso le ocurriera. Si tan sólo me hubiese apiadado de esa niña que me miraba como su heroína, todo esto no hubiera ocurrido jamás.
-No -respondí resignada, tras un corto suspiro. No tenía sentido retrasar lo inevitable-. No fuiste buena. Fuiste mala y cruel con tu familia. Los engañaste y te fuiste con lo que se necesitaba para salvar la vida de tu hermano menor, y lo usaste para drogas y fiestas. La vida que tuviste es tu culpa y de nadie más. Y lo siento, pero ese es el único pecado que no puedo perdonar. Este es tu castigo. Jamás vas a alcanzar la paz por toda la eternidad.
Me miraste con rostro primero de una desoladora desilusión, y luego con el más absoluto pánico. Y empezaste a llorar y gritar suplicando esa misericordia que no podía darte. Como tantos otros antes, y tantos otros después, te humillaste cayendo de rodillas en medio de esos harapos sucios que ahora cubrían tu otrora bello y arrogante cuerpo, pero de nada serviría.
Me preparaba para enviarte a tu castigo, cuando hiciste algo que definitivamente no esperaba. Algo completamente nuevo en estas situaciones.
-Por favor, te lo ruego. Sólo quiero ver a mi hermano y a mis padres y pedirles perdón. Después aceptaré lo que merezco. Es lo único que he querido desde hace quince años.
Conteniendo como podía las ganas de llorar, me sobrepuse para poder seguir castigándote, como estaba obligada a hacer
-No quieren verte. Mataste a su hijo por un poco de dinero, y después calumniaste a tu padre hasta que se quitó la vida. Tú no mereces el perdón. Eres una puta desalmada en el sentido más literal del término. Eso es todo.
Al oír como Dios misma te insultaba de esa forma, que al principio te ocasionaba un soberbio placer juvenil y que luego se convirtió en una llama que te quemaba por dentro en cada ocasión, tu mirada bajó mientras tu poquísima autoestima quedaba totalmente pulverizada. Y entonces chillaste de angustia llevándote las manos a la cara. Gritabas que no tenías esperanza, que eras una puta y que no merecías nada bueno. Y yo tuve que morderme la lengua hasta sangrar para no abrir la puerta, abrazarte y darte todo ese amor que sentías no merecer. Hubiera sido peor para todos.
-Es hora de que te vayas -te dije mientras mi voz se quebraba y dos ángeles, armadas con las lanzas con que alguna vez habían gobernado el mundo, se acercaban hacia ti, seguramente listas para darte una paliza apenas te arrastraran fuera de mi presencia, para luego aplicarte la sentencia que te correspondía-.
-Por favor, no -gemiste, mirándome suplicante-. Mi vida ya fue un castigo. El Infierno sería demasiado. Por favor, déjame volver. Prometo hacerlo mejor. Nunca más voy a traicionar a nadie. Voy a ser buena, y a vivir ayudando a otros. Te lo ruego, ten piedad. No me hagas esto tú también...
Esa última frase me rompió, y no pude más. Siempre que esto ocurría era igual. Siempre terminaba de la misma forma. Y cada vez era más intolerable.
Lloré con la peor de las amarguras, mirando al transfigurado rostro de mi difunta hermana, con quien nunca jamás podría volver a compartir un dulce atardecer, charlando y jugando, siendo esa madre que ella necesitaba y que yo nunca había tenido. Y veladamente, en honor a ella, decidí consolarte al menos un poco, sólo para volver a torturarte inmediatamente. Eso me estaba permitido.
-No irás al Infierno. Ya no existe. Desapareció desde que Satanás fue derrotada. Yo misma la maté, y recuperé el trono después de varios milenios de tiranía sobre la totalidad del universo.
-¿Qué?
Tu rostro de confusión coronó la escena, inspirándome esa compasión y ternura que los mortales siempre habían engendrado en mí, y sobre todo en mi padre. Eran su mayor proyecto. La herencia de mi madre. Esos que estaban destinados a ser mayores que nosotros mismos.
-Eso. Satanás está muerta. Y Dios también. Ella lo mató en venganza e hizo de la vida de los humanos un infierno, al que seguía el verdadero Infierno. Se sentía celosa de la humanidad y quiso reemplazarla por unos seres que eventualmente también se hartaron de su crueldad. Ahora se llaman ángeles, y odian todo lo que se parezca a ella. Por eso no puedo dejarte entrar. Se juraron nunca perdonar a los que se parezcan a su creadora, y jamás van a retroceder. No pueden. Son mas máquinas que humanas, y se programaron para jamás arrepentirse ni un poco de su decisión.
-¿Y qué va a pasar conmigo? -preguntaste.
-Volverás a la Tierra, y lo repetirás todo. Te verás siempre igual. Los mismos errores una vez tras otra, por los siglos de los siglos, con los mismos resultados por toda la eternidad. Tendré que hacer esto infinitas veces más porque en una vida anterior cometiste esta equivocación. Lo mismo con todos los que hicieron lo que tú hiciste.
-Por favor, quiero poder arreglarlo- me dijiste llorando-.
-Lo siento- respondí intentando recuperar mi severidad-. Tu pecado es imperdonable. No hay nada que yo pueda hacer. Ahora casi todos van al Cielo. Pero el mundo se mantiene horrible a propósito sólo para poder castigarte, y a los tuyos. Literalmente el mundo los odia.
"Y a mí también", pensé mientras esta última frase volvía a resquebrajar mi espíritu como tantas otras veces, pero seguramente no tanto como el tuyo. Te levantaste con un rostro apenas expresivo, y caminaste hacia los ángeles, que te miraban con sonrisa despiadada.
No reaccionaste hasta que una de ellas te agarró con violencia por tu cabellera eternamente dorada para lanzarte al suelo y arrastrarte de vuelta al tormento eterno. Te volteaste hacia mí, pero antes de que dijeras nada mis ojos se cerraron sufrientes, mientras una de ellas te pateaba la cara rompiéndote la mandíbula.
Me alejé lentamente, ya llorando sin que fuese posible cualquier nivel de disimulo. Hacía esto en cada ocasión sólo para sentirme cerca de mi hermana, y siempre acababa igual. Ahora seguirían varios días de una depresión oscura y vasta hasta el infinito, en que rogaría a la Fuente que algún día se acordara de mi, de ti y de todos los condenados a atravesar por siempre tu miseria, y alguno de Sus Mensajeros se dignara a rescatarte.
Te observé por última vez antes de volver a mis labores, mientras esas bestias te golpeaban salvajemente y, con cada patada, rompían mi conciencia, que era la responsable de todo esto.
"Perdóname. Te amo y te extraño mucho, Lucifer", te dije en silencio, mientras ellas te arrojaban entre risas demoníacas a tu próxima vida.
La última paradoja (cuento)
Cuando viste mi Luz, más brillante que mil soles y que de algún modo no hería tus ojos, supiste de inmediato lo que sucedía, y tuviste mied...
-
Con motivo de la atrocidad histórica, política, cultural y ética que el día de ayer el gobierno de Javier Milei posteó en las redes de la C...
-
Hace algunos años, escribí un artículo en este mismo blog destinado a exponer mi posición económica y sus posibles aplicaciones a la Repúbl...
-
El otro día, una compañera me pasó una publicación realizada por la reconocida activista feminista Malena Pichot en la red social favorita...
/https://assets.iprofesional.com/assets/jpg/2019/02/473890.jpg)